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La infancia regresa siempre con los recuerdos junto al mar

Saint Michel, 2018, Maite Diaz Gonzalez
Saint Michel, Normandía, 1 de enero de 2018           © maite díaz gonzález

Un año de luces y libertad donde quiera que estemos. La verdadera protección que nos permite vivir y disfrutar de los momentos y las horas junto a quienes queremos y recordamos. Este fin de año hemos viajado por una zona hermosa de Bretaña. Centenas de kilómetros de costas, de playas, ensenadas cubiertas de grandes piedras de granito rosa junto al mar verde esmeralda. Pinos, cedros del Líbano. Olas lentas, espumosas. Islas como promesas muy cerca de la costa, santuarios paganos, monumentos megalíticos con sus piedras enormes en equilibrio desde hace cuatro o cinco mil años. Piedras ensambladas por alguna fusión, como un homenaje a mi padre. Puertos. Barcos varados y otros flotando durante la marea baja. Y en el silencio de la noche el ruido de los metales, las maderas, las cuerdas y las velas bajo el viento, esa música misteriosa que silba en la noche junto al rugido del mar. Pueblos. La hierba verde brilla intensamente. La soledad y el frío. El camino junto a la costa. Mi madre. Casas de granito gris, rústicas, sabias y eternas con la luz y la alegría en sus jardines y sus ventanas blancas. Una creperie y el olor de la mantequilla me traen de vuelta a mi abuela y a mi tía Nena con la montaña de frixuelos los domingos como un signo y esa voz interior que te dice: mira y guarda en la memoria. Al final del viaje llegamos a la bahía. La infancia regresa siempre con los recuerdos junto al mar, la infancia y aquella isla que va dibujándose en la memoria. Regresamos a Saint Michel. El aire, el viento y el correr de las nubes en la tormenta abre con la esperanza un cielo azul, nítido y transparente. Feliz Año.

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Los campos magnéticos

Paris, navidad 2017, Nôtre Dame fotografía Maite Díaz González
Nôtre Dame, París, Navidad, el 24 de diciembre de 2017 © maitediazgonzalez

Nos vamos a París a pasar la Nochebuena. Improvisamos para cenar algún sitio abierto para turistas y forasteros como nosotros. Aparcamos en la plaza del Panteón. Queda algún sitio libre pero no hay un alma en todo el área que rodea la gran cúpula donde descansan tantos hombres y mujeres ilustres de las ciencias, la filosofía y las letras francesas. Me quedo un rato mirando el gran cartel con la imagen de Marie Curie. La Patrie reconnaissante leo sobre el gran frontón neoclásico donde ondea la bandera francesa. El gran dôme azulado flota sobre el cielo rojizo de invierno.

La plaza adonde siempre llega el bullicio de las terrazas y los bares que están en los alrededores y las voces de los jóvenes estudiantes que salen de la biblioteca o simplemente evitan la circulación constante de los coches, se ha convertido con las fiestas en un decorado inquietante.

En la noche fría el silencio es la primera impresión. La soledad hace más profunda la noche. Todo está cerrado y no hay nadie en las calles. A los pocos minutos mientras reconocemos los edificios iluminados de amarillo naranja con sus decoraciones en colores fríos, blancos y azules, llega un viejo coche destartalado y baja una pareja de ancianos que saludan y comienzan a andar rápidos y ágiles bordeando el Panteón buscando la iglesia de Sainte Geneviève para llegar a tiempo a la misa.

Otras veces hemos llegado a este mismo sitio y aparcado en el mismo lugar, pero entre el ruido y el correr para llegar a algún sitio nunca había reparado en la placa que avisa, a la entrada del pequeño hotel de los grandes hombres, así se llama el edificio en el que durante la primavera de 1919, unos meses después de haber terminado la Gran Guerra, se reunieron André Breton y Philippe Soupault para inventar la escritura automática creando el movimiento surrealista y escribiendo a cuatro manos «Los campos magnéticos.»

Leído el texto el ambiente se dibuja como en un cuadro de De Chirico, espero ver aparecer los autómatas y los maniquíes en cualquier momento. Las luces rojas de las guirnaldas de la entrada y de los arbolillos colocados simétricamente se encienden y se apagan. Me acerco para fotografiar la placa y la puerta automática se abre, miro y no veo a nadie en el interior de la recepción del hotel.

Regreso, me esperan. Cruzo rápido la calle de adoquines donde han puesto sobre unos tableros de madera unas cabezas de faunos, sátiros y grifos en piedra tallada. Entre las cabezas se extienden también unas barras de granito alineadas como los restos de algún antiguo edificio. Los rostros mitológicos y sus expresiones demoníacas no parece hayan formado parte del conjunto del Panteón, busco alguna referencia a la instalación reciente pero no encuentro ninguna indicación sobre el origen de las piezas.

Los ancianos van delante leyendo las placas atornilladas en la verja que protege al monumento. En uno de los laterales hay una estatua de Corneille sobre un pedestal, tiene el rostro ennegrecido por el hollín de los coches y aunque está a la intemperie va bien abrigado con una capa pesada y gruesa. Al fondo la fachada de la iglesia de Sainte Geneviève parece un collage barroco concebido en épocas diferentes y por diversos arquitectos. Las estructura piramidal con su triángulo superior reúne las torres, los campanarios, los frontones clásicos y curvos, los rosetones y un perfil que, en su ensamblaje de volúmenes visto desde la calle de la montaña parece una pequeña fortaleza medieval.

Calle Descartes. Nadie quiere entrar a la iglesia pero insisto, solo unos minutos. La misa de las nueve, las veintiuna, hora francesa, ha comenzado hace solo unos minutos. Al abrir la primera puerta el olor del incienso y el órgano vibra en el recinto. Todos los feligreses están de pie, de espaldas, la mayoría son personas mayores. Tengo la impresión de llegar a una celebración de los primeros cristianos. Hay algo de secreto y selecto en esta pequeña iglesia en la parte más alta de este lado de la ciudad. Los sacerdotes bendicen el pesebre que no alcanzo a ver con detalle. El olor del incienso, seco, casi asfixiante, el olor que solo sentimos en estos espacios. Un bebé comienza a llorar, la madre mueve el cochecito pero los gritos se hacen cada vez más fuertes. Salimos rápido para cenar y lograr llegar a Nôtre Dame para escuchar la misa del gallo en el punto más antiguo de la ciudad, donde comenzó todo. Un siglo antes del nacimiento en Belén ya en la Île de la Cité levantaban sus casas una tribu celta llamada les parissis ; pescarían y se bañarían en el Sena, asarían sus truchas y carnes en la orilla salvaje del río que hoy está toda construida. La liturgia del nacimiento en el lugar donde también nació la ciudad hace más de dos milenios.

Entramos a un costado de Saint Severin buscando un buen asador donde podamos cenar y beber un buen vino. Un lechón da vueltas en la entrada junto a pollos y otras piezas. El sitio está repleto pero enseguida vienen a buscarnos a la puerta, pienso que no puede haber ninguna mesa libre, el camarero sonríe, y nos lleva por un corredor kilométrico que suena como una babel donde oyes todos los acentos pero, sobre todo, inglés y español, aunque también ruso y lenguas asiáticas que no logro definir. Andando pienso que nos pondrán mantel en la cocina, y yo encantada, en los restaurantes es en las cocinas donde más me gustaría cenar, viendo a los cocineros trabajar y husmeando, si me lo permiten, entre las sartenes, planchas, hornos y cacerolas…Al fin llegamos al final del tren, pensé sería la cocina, o una sorpresa con mesa tras un túnel a orillas del Sena, pero no, llegamos al final de la galería donde nos espera mesa entre españoles y norteamericanos.

Las navidades también pueden ser estas fiestas familiares donde todos están obligados a soportarse aunque no se vean durante todo el año o aunque las tensiones obliguen a viajar y sentarse juntos a la mesa. Tengo frente a mí una película que dura todo el tiempo de la cena. Una obra de teatro filmado como aquella película terrible de Bergman, Fanny y Alexander de la que como siempre no recuerdo en detalle la historia aunque guardo la atmósfera. Es entre drama sueco de incomunicación o incomprensión y personaje de teatro no en monólogo sostenido. Él es norteamericano, occidental, educado, bilingüe ; ella es norteamericana de origen asiático. No logro comprender la discusión, es una suerte, aunque veo todo de manera silente lo que hace la escena aún más grotesca. Los hijos que son cuatro se miran desconsolados, alguna se tapa los oídos, otra se pone la capucha. El chico cena pragmático un primer y un segundo plato mientras conversa, cuando puede, animadamente con el padre que es el único que bebe vino. La mujer de un rostro cerrado pasa a un rostro espeluznante, es posible que tenga razones pero no creo que sea el momento. No sé qué podrá suceder entre ellos aunque me solidarizo con el hombre paciente que no regaña a nadie, cena y tiene palabras para todos repartiendo un poco de afecto entre los comensales. Llegan los pedidos, ella come vorazmente su asado sin levantar los ojos del plato mientras pica de los tagliatelles de la más pequeña sentada a su lado.

En estos lugares la comida es correcta si pides algo simple y lo acompañas con un buen vino. Durante las fiestas podrán terminarse en los almacenes las botellas de agua Evian o Vittel y deberás beber San Pellegrino con sus burbujas carbonatadas pero nunca faltará el buen vino de reserva.

Con la sangre en comunión salimos, tras desear bonnes fêtes, hacia Nôtre Dame que está a escasos metros. La zona del río está animada como de costumbre con vecinos, turistas, forasteros que vienen para la misa de las doce. La plaza está vallada y con acceso restringido como todos los monumentos concurridos de la ciudad. Vivimos con barreras de protección y pasando cordones de seguridad todo el tiempo. Los gendarmes examinan exhaustivamente el interior de los bolsos, mochilas y carteras con una pequeña linterna; luego piden abrir los brazos en cruz para pasar el detector, son eficaces y sonríen si haces algún comentario, los felicito y admiro que estén de pie con el frío protegiendo para que todo se desarrolle con tranquilidad y no haya que lamentar ningún problema.

La espera delante de la fachada de la catedral dura unos diez minutos. Me quedo mientras dan una vuelta alrededor del pino enorme que han instalado delante a pocos metros. La decoración es invernal, unas grandes bolas azules y blancas repartidas entre guirnaldas de pequeñas bombillas que dibujan unas líneas verticales. La cola avanza rápido, mucha gente entra y no se queda todo el tiempo de la ceremonia. La catedral está repleta y suena el órgano imponente acompañando a los coros en el canto de entrada. Adoremos, adoremos. El ambiente cargado y las vibraciones de la música, el humo del incienso me hacen pensar en un concierto de rock, aquel en el que escuchabas superstar mientras contaban los latigazos. Hay algo en las guitarras eléctricas de órgano catedralicio. La continuidad de occidente y de sus melodías conmovedoras, trágicas y vehementes. La música electriza. No puedo ver delante de la muralla humana que sigue de pie. Intento pasar por la nave lateral que está cerrada y custodiada aunque logro colarme y avanzar hasta el transepto donde me cortan el paso. Flota un aire sacro entre la estrella de Belén sobre el altar y la gran corona suspendida a la entrada sobre nuestras cabezas.

La liturgia del libro y de la palabra. La lectura del libro del profeta Isaías sobre el hombre que llega para combatir al tirano y su ejército, para traer la paz sin límites con el derecho y la justicia. El cristianismo como una idea justa y revolucionaria. Lectura de la carta de San Pablo a Tito sobre el sacrificio y el control de los placeres mundanos y, al final, el evangelio de San Lucas narra el censo que era un rito ciudadano de civilización romana; todos corrieron a inscribirse en sus ciudades respectivas y en medio de las diligencias de José, María pare en el establo porque no había sitio en la posada, así lo cuenta Lucas.

Hasta aquí todo es real y con referencias históricas sobre la dominación romana de Israel y toda la región hasta Siria. La historia es verosímil hasta la entrada del ángel que anuncia a los pastores la llegada del mesías y con él la salvación. La señal dada a los pastores es el encuentro del pequeño envuelto con pañales dormido sobre un pesebre.

Es magnífico el relato, la representación y la música, sin dudas tantas voces apuntando a unos hechos definitivos con sus fragmentos de ciencia ficción incluidos han mantenido durante más de dos milenios la transmisión de unos valores que, en realidad, es lo verdaderamente milagroso. Que el amor y la bondad hayan logrado vencer al mal en tantas guerras y conflictos. Que durante milenios hayamos tratado como especie de ser un poco mejores para iluminar donde haga falta. Además de toda la historia de la creación artística en la arquitectura, el arte y la literatura que se ha realizado en torno a este mito y su celebración. La religión debía estudiarse en las escuelas como historia de las religiones, como parte de la historia de las ideas en el contexto histórico específico en el que se han producido, para tratar de comprender cómo y por qué hemos llegado hasta aquí. Cómo y por qué hemos navegado tantos mares y seguimos viajando fuera de la órbita de nuestro planeta para seguir cada día enviando mensajes al espacio a la espera de una respuesta.

©2017 Maite Díaz González

Fragmentos-Diarios I

Fragmentos - Diarios I. Fotografías y textos de Maite Díaz González
Fragmentos-Diarios I Paisajes / Objetos 
  Fotografías y textos de Maite Díaz González

En el enlace puede descargar la edición en formato pdf del libro-catálogo Fragmentos-Diarios I que recoge imágenes y textos que han sido publicados en el blog y que funcionan como piezas texto-imagen. Un diario gráfico y textual. Además aparecen algunas piezas de otras series fotográficas. La edición ha sido concebida como un catálogo por necesidades puramente administrativas.

Inventarios 1. Ensayo en blanco y negro

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Albert Camus

Albert Camus, lee un fragmento de sus palabras en la entrega del premio Nobel.

El lunes 4 de enero de 1960, hace 56 años, moría en un accidente regresando a París desde su casa en Lourmarin, en la Provence. Viajaba con su amigo Michel Gallimard que muere cinco días después. Llevaba con él en un maletín el manuscrito de “El primer hombre”. Su último libro, autobiográfico, escrito durante varios años y que no llegó a terminar.

En el fragmento habla sobre la verdad, la deslealtad; de las sociedades y sus élites, las mascaradas difíciles para alguien que, como Camus, no pudo nunca vivir en la simulación. La lealtad a sus orígenes, a su país natal. Explica qué es para él el oficio de escritor y define a quiénes  le rodean en los ambientes intelectuales donde “los reflejos han sustituido a la reflexión, se piensa a golpes de slogans, como el perro de Pavlov babeaba al sonido de las campanas”, y, “donde la maldad a menudo trata de pasar como inteligencia.”

Sus palabras al recoger el nobel son un manifiesto ético que sigue iluminando la actualidad.

París, homenaje a las víctimas de los atentados

Paris, Place de la République

Paris Place de la République hommage aux victimesParís, Plaza de la República. Homenaje a las víctimas de los atentados del 13 de noviembre del 2015. © Maite Díaz González

París

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Saint Denis, el 21 de noviembre. Fotografía Maite Díaz González

Llegamos a París por la tarde, desde el norte por la A1. Llovía y las nubes grises y espesas se perfilaban con la luz intensa del sol de otoño que iluminaba los campos, los perfiles espumosos de las fábricas, las fachadas de los edificios de HLM que dan a la carretera y han sido restaurados en los últimos años. Pocos minutos después apareció a la derecha el gran disco blanco del Stade de France y sus puertas que alcancé a ver, R, S…Al otro lado de la carretera frente al estadio, un edificio alto ha desplegado sobre su fachada el disco blanco con el dibujo de la torre Eiffel, como el símbolo del Peace and Love de los sesenta y que se ha convertido en estos días en el símbolo cultural de lo que París representa como ciudad occidental capital de la libertad, de la alegría de vivir, de la vida urbana de los sitios en los que se encuentran los amigos, las familias, los amantes; las mujeres y los hombres que, en sus rituales diarios intercambian sus experiencias y sus historias en el bistrot (bar), la brasserie (restaurante) tradicional o el pequeño restaurante del barrio; esas instituciones civiles de la calle en las que confluyen muchas personas llegadas desde cualquier lugar del planeta. París es esto, la efervescencia de la realidad del mundo en su diversidad y en sus contrastes.

Llovía con fuerza y algo de viento. Entramos en un bar al lado del teatro Olympia para tomar algo. Las terrazas vacías, en el interior, las mesas y la barra estaban animadas. La fachada iluminada con sus letras rojas mantenía la programación como han hecho las salas de espectáculos de la capital. La Ópera Bastilla abría sus puertas con nuevas medidas de seguridad. Los actores y los propietarios de las salas han decidido que el miedo no puede adueñarse de los espacios culturales que son los objetivos de los atentados islamistas. Entre los más jóvenes ha sido un éxito la campaña «Ce soir au bistrot» (Esta noche en el bar) lanzada en las redes sociales y que ha reunido a decenas de jóvenes que piden hacer ruido, mientras brindan con sus vasos de cerveza, sus copas de vino y se niegan a cambiar sus rituales de civilización frente a la barbarie de una ideología religiosa que no ama la música y que no disfruta de los placeres de la vida como el buen vino. Una campaña que debía llevar inscrita uno de los tantos versos que dedicó Omar Khayam al vino en su Rubaiyat, escrito en el siglo XI y que los ignorantes de su propia cultura desconocen, o peor aún, condenan desde su idea absurda del mundo.

Llueve tras los cristales y gruesos goterones dibujan la ciudad que se recoge. La lluvia como una lupa aumenta los contrastes entre la calle y los interiores. París se ilumina para las fiestas de la navidad como aquella imagen que leí en algún momento, la de la catedral durante el medioevo, como una linterna en la noche. El paseo por la rue Saint Honoré, donde todas las boutiques están abiertas, lejos han quedado los sucesos del día de Saint Barthelemy, las guerras de religión no son más que la historia de lo que no podrá volver a suceder jamás. Luego, doblamos hacia Rivolí, sus soportales llenos de tiendas y de turistas, para desembocar en el paseo de los Elíseos engalanado para el mercado de las fiestas que se avecinan. El Marché de Noël ha crecido este año y las medidas de seguridad son draconianas. Sigue lloviendo con fuerza y muchos de los bungalows de madera abiertos e iluminados están vacíos de clientes y paseantes. La ciudad que ha perdido una parte importante de sus beneficios comerciales en la última semana, va retomando su ritmo, inmersa en la tragedia de los atentados, en los homenajes a las ciento treinta víctimas, en las medidas del estado de urgencia; resuelta a resistir a la barbarie porque la luz aquí encendida no ha dejado nunca de crecer.


Gracias a ZazOfficial y a mi amigo A.Y que me ha enviado la música