Anselm Kiefer, el pintor de la memoria

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Para Paul Celan, obra de Anselm Kiefer en la exposición restrospectiva en el Centre Pompidou

El espacio de la sala de exposiciones de la Biblioteca nacional de Francia, ha sido diseñado por el artista Anselm Kiefer para organizar la visita de su biblioteca donde muestra una parte de su obra hasta ahora poco conocida: la realización de libros. Los volúmenes son piezas únicas concebidos en grandes formatos. El peso de las páginas ensambladas, debido a la elección de los materiales utilizados y a la fragilidad de algunos elementos, los convierten en objetos complejos y misteriosos.

La sala rectangular ha sido dividida en tres naves que recuerdan la estructura de las iglesias góticas. A ambos lados del espacio central, más amplio, se estructuran dos naves laterales divididas cada una en cuatro espacios. Kiefer ha instalado en cada una de estas estructuras independientes una pieza. Varios libros-objeto monumentales junto a alguna instalación y vitrinas con las piezas ensambladas con elementos reciclados y objetos construidos por el artista.

El conjunto ofrece un inventario de máquinas deshauciadas y herrumbrosas. Balanzas, sillas, libros enormes de hojas de plomo, cristales rotos, atanores alquímicos. Una vieja linotipia en la que florecen enormes girasoles desprende barras de plomo en lugar de semillas. Las piezas como en una enciclopedia de la destrucción muestran los indicios y son los testimonios de la pérdida, del tiempo que pasa y de la transformación de un mundo. La metáfora del girasol y el plomo como principio de la búsqueda alquímica natural de la luz, y, también, como un homenaje a Van Gogh, el holandés errante obsesionado por el color y la luz. Algún detalle sugiere la espera y la inercia que precede al cambio para la transformación. Piezas en proceso de desintegración y putrefacción apuntan a la melancolía, al desencanto y a la pérdida de un mundo.

Los libros, organizados en grandes estantes metálicos de unos cuatro metros de altura, están distribuidos en las dos primeras salas laterales y en las vitrinas que ocupan el espacio central. Grandes formatos con sus lomos entelados permiten ver la estructura del ensamblaje de las páginas. Alguno de los ejemplares permanece entreabierto descansando a la horizontal. La mayor parte de los volúmenes siguen el ritmo vertical creando un recorrido entre los espacios que ocupan y el vacío que nos permite ver alguna portada, o recorrer las palabras que van apareciendo en las páginas y en las cajas de metal apiladas en las estanterías.

La obra de Anselm Kiefer mantiene esta fuerza concentrada en la que habita la energía intuitiva del expresionismo con el componente conceptual reflexivo que invita a la lectura y a la meditación.

Su obra pictórica está compuesta de materiales diferentes como el plomo y el oro, elegidos por su poder simbólico. Estos elementos aparecen ligados a los procesos alquímicos que han interesado al artista a través de toda su obra. Kiefer después de realizar dos viajes a Israel para conocer la tradición y la cultura judías destruidas en Alemania, viajó por el medio Oriente y comenzó a estudiar los mitos fundadores de las culturas de estas regiones. Así, podemos ver referencias al mito de Isis y Osiris en lo referente al sacrificio, o la recuperación de las estructuras piramidales de la arquitectura funeraria de la época de los faraones, junto a elementos de la cábala judía utilizados como recursos míticos para la explicación literaria del mundo. En la entrevista de la revista Chroniques, a propósito de la exposición en la BnF, el artista explica la seducción que ha inspirado su trabajo desde la lectura y estudio del pensamiento del rabino y cabalista judío del siglo XVI, Isaac Louria.

En las superficies de su obra densa la materia estructura el espacio. Sus cuadros son espesos compuestos de texturas. Esta contradicción entre la modernidad de los materiales y la manera de utilizarlos, produce un efecto de extrañamiento frente a la imagen de la ruina antigua desvaneciéndose. Estamos en presencia de un realismo mineral en el que se expresan sustancias opacas y brillantes, lisas y rugosas. Su obra fluye oscura y lentamente. La presencia es opresiva y sobrecogedora; no solo por las dimensiones, no bastan la arena y la tierra ritualmente lanzadas o el punto de vista elegido para la representación. El artista, como un alquimista, prepara la oscura materia como si brotara de las entrañas de la tierra. Las obras se construyen como sedimentos, capas de intentos, borrones, tachaduras, gestos y estructura dibujada con los materiales más variados: plomo, hierbas secas, madera, ramas, cartón, yeso, arena, arcilla y pan de oro; sin olvidar las palabras y los fragmentos de textos. Como diría Rafael Sánchez Ferlosio: «La palabra nos hace».

El interés por la escritura ha llevado a Kiefer a seguir un diario desde el año 1963. Entre su interés literario y artístico, su obra es inseparable y deudora de las referencias literarias del gran lector y coleccionista de libros que es Anselm Kiefer. En sus obras las referencias son diversas, de Paul Celan a Céline, Jean Genet y Roland Barthes y la poeta Ingeborg Bachmann.

La obra poética de Paul Celan, sobreviviente de los campos de exterminio, ha inspirado una serie de piezas en las que conjuga la historia alemana unida inseparablemente y de manera trágica a la historia judía. En estas obras establece diálogos simbólicos representados en la construcción de un paisaje como escena para mostrar estos elementos: libros calcinados, pajas de trigo representando los cabellos rubios, o el humo y la tierra arrasada en los que desaparece Sulanite. En esta representación de la mujer alemana y la mujer judía, Margaret y Sulanite aparecen asimiladas en el paisaje y nombradas por la escritura que reproduce los versos del poeta.

El gran fresco de la tierra representada por los campos labrados sobre los que se superponen como testigos y también como ofrendas, los libros, es un homenaje a la cultura del libro y al poeta superviviente que declaró, que, después de Auschwitz, se podía seguir  creando abandonando las prácticas clásicas del arte.

Según cuenta en entrevista para la revista de la BnF, su inspiración la encuentra muchas veces paseando por su biblioteca donde guarda cerca de doce mil volúmenes entre los que se encuentran viejos libros del siglo XVII y XVIII. Herbarios, libros sobre botánica y una singular adquisición, el libro de un sacerdote francés del siglo XIX que se dedicó a censar las algas de agua dulce de los ríos y lagos del país.

Anselm Kiefer nació el 8 de marzo de 1945 en una Alemania bajo los bombardeos aliados. Su obra hace referencia a la destrucción de la guerra, a las ruinas y a la desmoralización que el nazismo dejó como herencia a su generación.

Las primeras obras de Kiefer datan de 1969, década marcada por los movimientos de contestación política entre los jóvenes occidentales. Años en que los movimientos pacifistas enfrentaron las guerras del fin de la descolonización, junto al desarrollo de movimientos de izquierda, radicales que se decantarían por el terrorismo. La crítica de las estructuras de poder y los movimientos feministas comenzaron un diálogo directo y en ocasiones violento con las instituciones. En Alemania, tras décadas de amnesia colectiva después de los juicios de Nuremberg a los máximos responsables del Holocausto; amnesia denunciada también por Primo Levi en la Italia de la posguerra, los jóvenes comenzaron el cuestionamiento y la revisión del periodo nazi.

Kiefer comenzó su trabajo influenciado por las ideas de su maestro, el artista y activista político Joseph Beuys, ex-piloto del ejército al que conoció durante sus estudios de Bellas artes en la Academia de Düsseldorf. Alrededor de la labor pedagógica de Beuys se nucleó un grupo de artistas que serían decisivos en la vanguadia de los años setenta y ochenta en Alemania. Kiefer asimila la necesidad de volver al gran legado de la cultura germana, a la recuperación de su historia, de sus símbolos y mitologías inseparables de la visión romántica que definió la producción artística e intelectual del siglo XIX, utilizada por la ideología nazi para estructurar un sistema estético normado que contaminó la cultura anterior para asimilarla a la perversidad destructiva del totalitarismo.

Sus primeros «libros-acciones» son los ensayos para la recuperación de la memoria y la historia. En estos años produce sus obras más polémicas definidas por la ambigüedad del proceso de exhibición y espectáculo sin ningún objetivo crítico explícito que no fuera regresar al pasado horror que la sociedad trataba de suprimir. Kiefer reactiva en la imagen el gesto siniestro en medio del silencio. Estas fotografías en blanco y negro las titula: Ocupaciones. Vestido con la chaqueta militar que usaba su padre en la Wehrmacht, se dedica a recorrer lugares emblemáticos europeos para retratarse realizando el saludo hitleriano con el brazo en alto. Una parodia de un gesto que nos emplaza desde la reflexión sobre la culpa y la responsabilidad de aquellas generaciones, hasta el análisis del peso de la historia y la memoria sobre las generaciones posteriores al proceso de barbarie y destrucción que vivió Alemania durante las décadas de los años treinta y cuarenta.

Esta crisis moral, la fractura, y este abismo metafísico obsesionan la obra de Anselm Kiefer en los primeros años.

En esta época en que documenta fotograficamente sus acciones, también pinta cuadros de pequeño formato en los que parodia a su vez el cuadro del pintor romántico Caspar David Friedrich en los que un hombre de pequeñas dimensiones se enfrenta al mar inmenso y embravecido. La imagen romántica del hombre en relación con la naturaleza y en confrontación con los elementos, fue un símbolo que se apropiaron los nazis en sus delirios de superioridad racial.

Estas asociaciones simbólicas e históricas son utilizadas para regresar al pasado inmediato, el de la generación de sus padres inmersos en el movimiento nacionalista que condujo a la Segunda Guerra mundial. El buceo de Kiefer regresa a los mitos y a sus espacios naturales fundadores de la identidad alemana. Los bosques y los ríos, y, también, los héroes de los combates frente a la dominación romana. Héroes de la mitología germánica, como los de la gesta de los Nibelungos, un poema anónimo escrito en el siglo XIII revisitado posteriormente en el siglo XIX por Richard Wagner.

Las primeras pinturas y dibujos de la muestra retrospectiva que ha organizado en paralelo el Centro George Pompidou, ilustran su interés por la retórica de la guerra, la historia y el mito. La factura pictórica leve y el dibujo torpe estructuran los autoretratos con el brazo en alto a orillas del mar o en los bosques fundadores de la identidad alemana y de las culturas del norte de Europa. Son obras menores, desde el punto de vista pictórico, sin la fuerza expresiva de su trabajo sobre papel realizado en la misma época.

La obra sobre papel expuesta en la muestra retrospectiva y en sus libros instalados dentro de las vitrinas en ambas exposiciones, ofrecen un recorrido por el método creativo. El proceso de recolección y ensamblaje de objetos y materiales es el mismo que utiliza luego en la realización de sus piezas pictóricas o tridimensionales de dimensiones monumentales.

Kiefer también ama las ciencias y explica el proceso creativo desde las sinapsis; los impulsos que realizan los recorridos cerebrales tras los estímulos. Los procesos de construcción y destrucción, y los paisajes en ruinas, son las primeras referencias visuales, las imágenes de la infancia de Anselm Kiefer en una Alemania devastada por la guerra.

Esta impresión del paisaje urbano será definitiva en su trabajo. Las series de interiores lúgubres reproducen las estructuras de columnas de vocación neoclásica de la tradición romática alemana explotadas como canon por la arquitectura desmesurada de la época nazi. En estos espacios aparece el objeto de la paleta del pintor como representación simbólica del artista. Como si el ideal romántico, la melancolía del siglo XIX manipulada perversamente por los nazis hubiera inducido a la fatalidad del impulso destructor y autodestructivo. Aquellas ideas del arquitecto preferido de Hitler, Albert Speer, sobre la producción de ruinas o la concepción arquitectónica pensando de antemano en la imagen de su destrucción.

Confrontarse a la verdad de la historia y a la memoria del país, desde el diálogo íntimo y el estudio de los hechos y sus diferentes interpretaciones que han marcado la historia política de Alemania, ha sido uno de los temas centrales de la obra de Anselm Kiefer. En sus obras no aparecen referencias directas a los campos de concentración. La destrucción aparece con el humo y los libros calcinados como realidad y metáfora, o la reiterada utilización de la técnica radical de guerra: la terre brulée (tierra quemada). Una investigación moral sobre las fronteras entre el bien y el mal, sobre la acción política, la violencia y la destrucción humana.

Esta idea cierra la exposición con una gran instalación dedicada a Madame de Stäel que escribió el célebre ensayo sobre Alemania. En esta pieza Kiefer enfrenta nuevamente el bosque fundador con una genealogía política en la que destaca Guillermo II. El espacio inmenso de la sala del Centro Pompidou ha sido cubierto de arena dibujando unas dunas que recuerdan la célebre escena de la película Stalker del cineasta ruso Andrei Tarkovski. Aquel paisaje desolado era la estación previa a la entrada en la zona. En los arenales de Kiefer crecen hongos enormes que rodean a una cama de hospital cubierta de plomo situada en el centro de la pieza. Sobre la cama herrumbrosa escribe el nombre de Ulrike Menholf miembro de la Armada Roja, una organización radical de izquierdas que sembró el terror en Alemania a partir de los años sesenta. Los sucesos como “ramificación política del movimiento romántico”. Aparece la acción política violenta asociada a la enfermedad, el delirio, la fractura y la angustia metafísica.

Anselm Kiefer considera la producción de libros como la más importante por su carácter íntimo y su tono confesional. En los libros se crea un diálogo de contrastes entre el poder de la materia,  la fragilidad de los objetos seleccionados y la fotografía utilizada como soporte y elemento referencial. Los herbarios de plantas medicinales, las hierbas recolectadas, conservadas y catalogadas definen a un artista interesado, en los últimos años, en la observación de la naturaleza.

En las acuarelas eróticas aparece el color sobre los cuerpos y los sexos femeninos dibujados de manera líquida y fluida. La mujer es un tema recurrente en la obra de Kiefer y en sus libros. La mujer através de los mitos y de la historia y sus catástrofes. Las mujeres de las ruinas en referencia a las mujeres alemanas que se dedicaron a reconstruir las ciudades destruidas durante la guerra. O las mujeres de la Revolución francesa dibujadas en sus ensayos históricos por Jules Michelet.

Estos apuntes guardan relación con los grandes lienzos con los que cierra la exposición. Obras realizadas en los últimos años en Francia donde reside de manera permanente desde el año 1993. A partir de la década de los noventa los temas germánicos dan paso a la celebración de la naturaleza sin abandonar la atmósfera de melancolía. En estas piezas sinfónicas aparece el color discretamente. Los espacios se dibujan empastados y velados con tonos tenues y delicados estructurando grandes campos de flores, amapolas y estanques transparentes. El agua y las flores, después del recorrido austero, árido y desértico de sus cuadros monumentales y trágicos.

En la exposición de la Biblioteca nacional de Francia se confrontan dos grandes lienzos en los que El Libro es el protagonista. El libro y el fuego destructor, y el libro y el agua creadora. En el primero, aparecen los libros calcinados sobre una repisa atornillada a la superficie del cuadro simbolizando los autos de fe de los nazis, como una ofrenda sobre el fondo de un claro en el bosque sombrío. Frente a este cuadro monumental, al otro extremo de la sala, dialoga una pieza de iguales dimensiones; sobre la superficie de un paisaje marino espumoso y agitado, flota como levitando un libro de plomo, abierto. El Libro, listo para la transmutación.

© 2016 Maite Díaz González

Crónica de la exposición: Kiefer, la alquimia del libro, actualmente y hasta el 7 de febrero en la sala de la Biblioteca nacional de Francia, y de la exposición retrospectiva del artista organizada en el centro Georges Pompidou.

Texto y fotografías Maite Díaz González

 

 

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