Archivo de la categoría: José Antonio Díaz Peláez

José Antonio Díaz Peláez, en Teotihuacán

José Antonio Díaz Peláez Teotihuacán. México, 1959.José Antonio Díaz Peláez en Teotihuacán. México, 1959.

Mi padre habría cumplido hoy noventa y tres años. La fotografía la tomó el pintor abstracto mexicano Echevarría en 1959 en Teotihuacán, delante de una de las cabezas de Quetzálcoatl, en la pirámide de “la serpiente emplumada.”

Leyó mucho sobre las culturas precolombinas y sobre la conquista de México, nos dio a leer libros que consideraba imprescindibles, del diario de Bernal Díaz del Castillo a El dios de la lluvia llora sobre México, o las investigaciones de Paul Westheim sobre las culturas mesoamericanas.

Raro es el día que no piense en él. No es un ritual recordarlo, aparece en los momentos más inesperados con esa energía que lo envuelve todo. Recuerdo en México, en el centro, durante el viaje que hice en 1990 salir mareada de una iglesia en la que caminabas por un suelo irregular a causa de los movimientos del terreno tras los terremotos. La experiencia provocaba unas sensaciones de desequilibrio muy extrañas. Habían pasado dos años y ante la emoción de lo que él me había contado sobre la arquitectura, los materiales, los espacios, pensé, como si estuviera vivo, que al regreso a La Habana iba a poder contarle yo mis impresiones.

Durante el viaje me fui a Guadalajara con la idea de poder hacer “un viaje” y encontrarlo. Se me había ido mi padre sin avisar y yo me había quedado con demasiadas preguntas. A determinadas edades no somos conscientes de la muerte, pensamos que ese vacío no llegará nunca a llevarnos lo que más amamos. Pedí ayuda a M., un amigo mexicano escritor que me puso a su vez en contacto con unos pintores amigos suyos para que pudiera concertar una cita con un chamán y hacer el ritual del peyote,- “el viaje”- con la esperanza de poder encontrarlo y conversar con él. Los viajes que contaban en La Habana eran experiencias a veces un tanto violentas y aunque el chamán accedió a llevarme, al final no me atreví a marcharme sola.

Siempre que he tenido y tengo un momento difícil o algún problema he pensado en mi padre, no solo preguntándome qué habría hecho o qué habría dicho, sino también dejándome acompañar confiada en que con su protección encontraré una solución.

© 2017 Maite Díaz González

José Antonio Díaz Peláez, escultor, dibujante, joyero

josé antonio díaz peláez, escultor, dibujante, joyero
Fotografías y diseño gráfico, © Maite Díaz González (prohibida la reproducción)

Aprender a mirar, valorar sin prejuicios, dialogar con la materia, seguir el instinto. En la fotografía trabaja en unas joyas de ébano y plata, las últimas que realizó para las mujeres de la familia. Unos colgantes de los que me decía que la inspiración venía de la pieza de madera que se utiliza en Asturias para controlar a los animales de tiro, una especie de yunta muy elaborada. Cuando llegué al pueblo de mi abuela en Cangas de Onís encontré un viejo horno de pan, ruedas para carros de madera y hierro y algunos de estos objetos abandonados pues ya no se utilizaban. Quedé sorprendida por la belleza fluida de la pieza, diseñada por el talento popular anónimo y el oficio heredado durante generaciones. No ha habido un Diderot que desde el siglo XVIII se dedicara a censar, dibujar y reproducir la estética perfecta y hermosa de estos objetos utilitarios.

Luego, me fui a la iglesia del pueblo, una pequeña construcción románica del siglo XII que ha sufrido mucho el deterioro y el vandalismo y quedé maravillada con los frescos pintados en sepia reproduciendo un motivo abstracto, como un cielo ordenado. Aquellas estrellas eran también en parte las madres de su última serie de piezas, maquetas que realizó en cartón y que quiso reproducir a una mayor escala para la exposición en Ecuador, en la fundación Guayasamín. Nunca supimos por qué motivo Guayasamín no concretó su invitación, de su entusiasmo inicial, cuando compró una pieza que mi padre donó para una subasta  dedicada a recuperar fondos para ayudar a las familias de los presos políticos en Chile y Uruguay. La exposición no se realizó. Su amigo, el poeta y pintor Fayad Jamís escribió las palabras para el pequeño catálogo que fue impreso. Mi padre nunca viajó a ningún país que no fuera del «campo socialista» después que regresó a La Habana, desde Canadá, en un barco de carga, en 1966. Pero esa, es otra historia.

La tarde en el taller, sin camisa, apurando sus tazas de café y sus cigarrillos, acariciando la pequeña noche en un fragmento de ébano para incrustar con precisión los pequeños puntos de plata, como estrellas, para que las encontremos en el cielo.

© 2015  Maite Díaz González

Regreso del naufragio

juan_sanchez_carlos_enríquez_jose_antonio_diaz_pelaez, La Habana 1953

En el Hurón azul, la finca del pintor Carlos Enríquez, al centro, a la izquierda, Juan Sánchez, grabador y crítico de arte y José Antonio Díaz Peláez en La Habana

Te habría gustado escuchar hoy la noticia sobre el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, y, sobre el fin del embargo. Hubieras preferido más precisión e implicación, más exigencia norteamericana, pero sé que la noticia te habría disparado la posibilidad de planes y, sobre todo, la victoria, que los tiranos dejaran de tener la coartada para justificarlo todo.

En el diccionario de la real academia de la lengua española explican el significado de la palabra coartada con una definición muy ajustada a la circunstancia cubana: «Se decía de los esclavos que pactaban su rescate con su dueño.»

La decisión norteamericana del embargo nunca la comprendiste, nunca estuviste de acuerdo y te opusiste siempre porque sabías que las consecuencias las pagaba solo una gran parte de la sociedad. La pobreza, la miseria y lo que llamabas el proceso de haitianización de la sociedad cubana. Hoy he recordado la historia de una fiesta con tus amigos en casa de un funcionario, era fin de año, y aquel hombre que no bajaba del avión y tenía más horas de vuelo que un piloto de Iberia, en un acto de vanidad había sacado un gran libro monográfico sobre Picasso, comprado en París. El libro venía acompañado de un grupo de diapositivas del pintor. El anfitrión con un magnífico proyector de los que no había tampoco en la escuela de arte donde trabajabas, ni el proyector ni las diapositivas de excelente calidad, se esmeró en dar una conferencia sobre Picasso para los amigos de su cuñado. Era así y sigue siendo así el descontrol de los recursos, la corrupción a la griega y la máxima orwelliana de que todos somos iguales pero, algunos, más iguales que la mayoría. Qué ingenuidad política entregar la libertad y creer que todo aquel sacrificio, aquella austeridad, aquella entrega se hacía realmente por el bien común. Recordé también que para las clases de arte precolombino le habías llevado al profesor Alejo las mejores diapositivas que habías sacado en Teotihuacán durante tu viaje a México para la exposición personal en 1959. Te invitaron al otro año a la fiesta del funcionario pero dijiste que no, sin explicar por qué te repugnaba aquel tipo, no sé si vive, pero vivió muy bien durante muchos años como acólito de uno de los santones con capilla en la cultureta de La Habana. Si vieras todo lo que he tenido que soportar en París, las alfombras y los jarrones chinos vuelan lejos y se extienden en muchos salones.

Camino bajo un sol de plomo. Ha muerto un vecino, un hombre bueno, veterano de la guerra de Argelia, lo entierran hoy, la ceremonia de despedida es en la Iglesia del pueblo. La ola de calor en París la comparan con la de 1953, también te falló el corazón un día de calor intenso. Los castaños majestuosos, inmóviles y su sombra protectora. Lejos, en el cielo los aviones brillan en la línea de espera. Camino lentamente mientras miro las ramas dibujarse contra el cielo azul y despejado y les imagino jóvenes aquel verano de 1953 caminando sudorosos por las calles del quartier latin.

©2015 Maite Díaz González

París 1953, José Antonio Díaz Peláez y Tomás Oliva

paris_1953_diaz_pelaez_tomas_oliva

El edificio intemporal -como la buena arquitectura de la tradición oriental- se eleva y fluye con ligereza. El cuerpo está montado sobre columnas y los muros son transparentes como las galerías de La Coruña que  sorprendieron alguna vez al arquitecto. El asombro en el puerto gallego formaba parte de las historias contadas de mi padre que admiraba la obra de Le Corbusier, su sentido del espacio, la síntesis y la visión integral de los volúmenes y el espacio. Más, alguna magia secreta de los números, los módulos y las proporciones. Los jardines se mantienen con los setos bajos y rectangulares como aparecen en la fotografía tomada en 1953. El edificio realizado en 1931 se conserva como si estuviera acabado de construir,  los árboles bajos han crecido y el rectángulo aéreo flota en un jardín suavizando sus  aristas más rotundas.

Cuántas veces habremos visto juntos esta y otras tantas fotografías y documentos. Recortes de prensa, catálogos y notas amenizados por sus historias y sus anécdotas. Fragmentos de una memoria y una vida viajera dominada por l’errance. Los viajes. La máxima sobre el camino, más interesante que la posada. Conversábamos mucho en casa.  Un espacio al que llegábamos para sentarnos a orillas de un lago transparente, apacible y profundo. Siguiendo la tradición converso con Elisa y trato de que fluya la memoria familiar para que el espejo del lago sea un manantial sereno, un relato que también deberá acompañarla. La historia de una familia marcada por los cortes bruscos de los acontecimientos contra los que nada o casi nada podemos hacer. Las guerras, las revoluciones, las dictaduras, las injusticias. Las memorias van ocupando un espacio, mezcla de olvido y elección. La experiencia sería el proceso en el que también cartografiamos para transmitir,  y, con el tiempo, vemos cómo se repiten ciclos entre las generaciones, y cómo el golpe regresa en el tiempo para avisar, como si la vida pasada, como si la experiencia de las generaciones anteriores no hubiera sido suficiente para comprender.

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José Antonio Díaz Peláez en un bosque de guerreros

Para mi padre y mis abuelos Elisa Peláez Berdayes y Salvador Díaz Menéndez, y para mi bisabuela Ramona Berdayes Piedra

Mi padre habría cumplido hoy noventa años. Nació un primero de julio en la casa de mis abuelos en la calle Reunión. De sus primeros cuatro años en La Habana, antes de que la familia regresara a España y se instalaran en Gijón, guardaba algunos recuerdos. Los paseos en coche por el malecón de los años veinte, donde los hombres iban a bañarse en las pocetas talladas en las rocas en la zona que va desde la avenida Paseo hasta la calle G, antigua avenida de los presidentes. Mi abuelo, preocupado por su salud lo llevó a los mejores pediatras de la ciudad, sus socios criticaban los gastos en los servicios médicos. Para su padre la salud del pequeño no tenía precio.

Bigotes, el chofer y amigo de mi abuelo, de Infiesto, le dijo alguna vez a mi padre delante de mí: cabrón, yo no pensé que sobrevivirías. Los problemas digestivos agravados por alguna alergia trajeron el desasosiego a la casa, no se adaptaba a combatir los gérmenes y microbios tropicales. Antes de los cuatro años, durante varios meses, llevó un corsé tras una fractura de la clavícula. Años después, en el setenta, volvería a estar escayolado varios meses tras la caída y fractura de varias vértebras. El corsé del torso se lo dibujamos con crayolas y lápices de colores. El carapacho, como lo llamaba, se cubrió de flores y mariposas.

Mi abuela lo cuidó y protegió con toda su fuerza, después de haber perdido a tres hijas, nacidas antes que mi padre que era el más pequeño. José Antonio llegó a España y su abuela se encargó de fortalecer su estómago en la pequeña aldea de San Martín de Grazanes. Allí lo dejaron durante varios meses. Comía manzanas y peras frescas, tomaba zumos de zanahorias. Desayunaba torta y borona -pan de maíz- cocido a la plancha cubierto con hojas de castaño, queso azul y leche agria. Se pasaba el día en la montaña disfrutando del espectáculo hermoso de la cordillera de los Picos de Europa.

En uno de los dos viajes que hizo después que lo dejaran encerrado en Cuba durante casi veinte años, de 1966 a 1985, lo invitaron a un simposio de escultura en Kirguizia, una de las ex repúblicas soviéticas. Lo enviaron casi a la Siberia, como hicieron durante décadas los rusos con las personas acusadas de desafección o contrarrevolución. Con humor, después de haber leído a Solzhenitskin decía que el viaje parecía, más bien, un castigo. Viajó y disfrutó trabajar y conocer aquel sitio a medio camino entre la ruta de la seda y la de las especies, encontrar similitudes en las costumbres rurales del norte de España y del centro de Asia, las constantes simbólicas que se repiten en lugares tan distantes, la humanidad como resumen de la relación entre la naturaleza y la cultura. En sus cartas que guardo, en la primera, fuera de los muros, nos escribe que él podría vivir en cualquier sitio y que mientras trabaja, cuando levanta la vista, ve una cadena de montañas con los picos nevados y le parece estar de nuevo en el pueblo de su madre, frente a Peña Santa. Los ríos sonoros de cantos rodados y la línea alta y quebrada del horizonte.

Organizando lo que he podido recuperar de sus archivos y preparando una recopilación de información sobre su vida y su obra, recorro las diferentes etapas creativas resumen de la diversidad de materiales y técnicas. La intuición sensible, el encuentro de un detalle o la elección de un fragmento de la realidad para convertirlos en una serie de diálogos y experiencias con el material y sus posibilidades, con la escala y el desarrollo de las formas ajustadas al movimiento, a las tensiones y contrastes.

En mi primer viaje a Asturias, José Luis Posada, pintor y dibujante, amigo de mi padre, nacido en Villaviciosa;  me llevó a un prado precioso donde según las leyendas se desarrollaban rituales de origen pagano y de influencia celta. El lugar, cubierto de un césped cuidado de un verde intenso está rodeado de grandes árboles. La luz era suave y porosa. Posada me explicaba los cuentos mitológicos, las historias que guardan los lugares mágicos de aquella tierra relacionados a los elementos y sus rituales de transformación: la tierra y el agua, el aire y el fuego. Conectado a una tradición consciente e inconsciente que supo nutrir durante sus viajes, en su trabajo seguía su intuición, confiaba en la energía, en la fuerza de la materia y en la capacidad creadora de la naturaleza y del hombre como medida de todas las cosas. Las piezas constituidas de materia y espacio dibujan un recorrido de vocación ritual relativa también a una vocación monumental. Piezas abiertas o cerradas, concentrados fragmentos arquitectónicos, columnas y arcos y puertas donde el movimiento y el ritmo son valores de superficie. Piezas como menhires constructivos, afirmándose en su libertad, defensivos en su verticalidad. Piezas protectoras como un bosque de guerreros. Iniciáticas en el juego posible de la transformación de la escultura como espacio público en la sociedad.

© 2014 Maite Díaz González

Cristo saliendo de La Habana

Quedábamos para reunirnos en el cementerio Colón el día 2 de noviembre, ya nadie se aventura a visitarlo, el cementerio se ha convertido en un lugar peligroso. Mi padre me decía con humor, de los muertos no hay nada que temer, cuídate de los vivos. Cada año comprábamos flores y nos reuníamos mi madre y mis tías en aquel sencillo rito familiar para recordar a los padres y abuelos, y en mi caso, dos bisabuelos maternos -catalanes- que allí están enterrados. Con ellos comienza la familia, fueron los primeros en llegar a La Habana pocos antes de que terminara la guerra de independencia. Sobre el mármol los nombres y las fechas de nacimiento y muerte. Barcelona, Sant Marti de Provençal, Los Llanos de Aridane, Somiedo, San Martín de Grazanes. Nada exótico, el cementerio como la urbe fue cosmopolita y diverso.

El sol inclemente hacía relucir las bóvedas de granito y mármol. Las piletas para el agua era el único sonido que borboteaba en el silencio. Los autobuses de turistas se concentraban en la rotonda de la Iglesia, y durante el paseo encontrabas personas que se acercaban para renovar los ramos, atender los jardines o limpiar los panteones y las bóvedas. Alguna vez vi a alguien conversar con el difunto en animada charla o comentar con algún vecino propietario los frecuentes vandalismos. La familia pagaba a un señor que se encargaba de encerar para proteger del sol la piedra y evitar que las raíces del pequeño laurel levantaran el suelo o se fueran apoderando de las piedras.

Mi padre y yo paseamos muchas veces como si visitáramos las salas de algún museo europeo.

A menudo los domingos nos acercábamos un rato. Algún amigo encontraba excéntrico dedicar tiempo a aquellos paseos, pero el cementerio de La Habana es, o era, uno de los más hermosos, precisamente por sus piezas y conjuntos escultóricos. Se detenía siempre ante un panteón peculiar por su diseño piramidal y sus piezas realizadas en bronce y mármol blanco, posiblemente de Carrara. El panteón pertenecía o pertenece a la familia Falla Bonet y había sido realizado por el escultor valenciano Mariano Benlliure.

Nos detuvimos muchas veces frente a la puerta de bronce decorada con un bajorrelieve, unas figuras de espalda llevan un féretro a hombros. Mi padre descubría la superficie y explicaba la astucia del genio para lograr aquel dibujo delicadísmo con el que nos adentrábamos en un espacio donde resplandecía un sol oscuro y frío. Luego dábamos unos pasos atrás y admirábamos el Cristo dibujado contra el cielo azul y luminoso de La Habana, unas manos delgadas que parecía podíamos tocar. La pieza descansaba sobre un volumen circular coronando la pirámide y su leve inclinación junto al paso de las nubes la ponía en movimiento. Todo se jugaba en las proporciones, la sutil inclinación y el dibujo sinuoso de los paños sobre el cuerpo hasta coronar el rostro magro. A veces hablábamos del azar, y de cómo éstas piezas estuvieron protegidas en el puerto de Valencia a pesar de la furia de la guerra civil española, cuando ya embarcadas y camino de La Habana escaparon a los bombardeos y a las ráfagas que dejaron sus huellas en el granito oscuro. Las marcas de la guerra.

© 2012 Maite Díaz González

Retrato con luna

José Antonio Díaz Peláez (1924-1988)
José Antonio Díaz Peláez (1924-1988)
La fotografía como un poster se la llevó desde Suiza a La Habana, F., su autora, una amiga de mi padre. Luego, un día se apareció en nuestra casa con un tubo de cartón con la imagen, y recuerdo que iba un poco turbado por verse impreso en aquellas dimensiones. Pictorialista en sus contrastes, el retrato es excelente. La expresión. Yo lo recuerdo siempre así, protector, generoso, sonriente y libre. Su imagen a la caída de la tarde como un retrato barroco, iluminado su rostro con esas luces y esas sombras transparentes. En mis recuerdos mi padre siempre trabaja o lee sentado en un sillón. La pieza huele a cera de abejas, óleos y aceites y a buena madera recién cepillada. Suena a herrero antiguo y lo veo en mi niñez entre el ruido tranquilo de los carbones rojos, encendidos. Un hombre de donde los árboles son fuertes y dan buena sombra. Lo compartíamos con mucha gente que lo quería pero guardaba un espacio de complicidad. JMF. montó la imagen y la tuve muchos años en casa al lado de la ventana de mi habitación, hasta que el metacrilato produjo un hongo que destruyó la impresión y aunque intenté salvarla no pude. Por suerte guardé también la pequeña, original, que reproduzco. Mi padre hoy habría cumplido 88 años.