Archivo de la categoría: Asturias

Somiedo

Somiedo. Museo etnográfico de Veigas
Museo etnográfico de Veigas, Somiedo, Asturias. © Maite Díaz González

Los estímulos de la memoria son misteriosos. Crecí escuchando historias relacionadas con el origen de la familia mensajes repetidos que hablaban sobre sitios suspendidos en el tiempo. Lugares en los que todavía hoy la naturaleza ha mantenido su equilibrio gracias a una geografía hermosa y fuerte. Un paisaje indomable y misterioso.

Mi abuelo es de uno de estos lugares en los que el tiempo parece haberse detenido. La contemplación de determinados espacios, la estructura de las montañas, los pueblos colgados de unas laderas casi verticales han dotado de un carácter libre y arraigado a generaciones que, aunque se marchen de estos valles y puertos de montaña siguen amando un lugar con el que mantienen la relación a través de un hilo secreto. La sucesión de vidas repitiendo los mismos gestos, guardando la sabiduría para adaptarse a las estaciones del año, viajando de las dehesas de verano a las de invierno para garantizar el bienestar del ganado al que no debe faltar la hierba fresca.
No suelo hacer retratos, los retratos buenos son difíciles necesitan de un estado de gracia, de una complicidad entre el fotógrafo y su modelo. La posibilidad de la técnica crea un protocolo que realmente es una puesta en escena. Luego, el azar puede disponer la magia del instante de la luz natural, una luz dibujada, estructurada antes por una serie de pequeños detalles azarosos, que la persona se siente espontáneamente, que mire o no a la cámara pero lo más importante es la luz, lograr en las condiciones naturales de iluminación de un espacio una atmósfera sin la alquimia efectista de las lámparas y las lecciones de los grandes maestros de la pintura para iluminar, una luz puesta para un instante que durará unos segundos.

A veces regreso a estos lugares con las fotografías que he hecho. Revisando la fototeca encontré este retrato del director del museo etnográfico de Veigas en Somiedo. Tengo especial afecto por este retrato, en parte es la emoción del recuerdo del instante que me eligió. La repetición rápida dictada por la intuición cuando unos segundos antes el flash se había disparado. Estuvimos alrededor de una hora conversando y aprendiendo todo sobre los objetos, utensilios y herramientas que presentan en este espacio. ¿Cómo se organizaba la cocina? ¿Qué provisiones eran necesarias para pasar los meses de rudo invierno en la montaña? Regresaban las lecturas de Jack London y los aullidos de los lobos. La casa de piedra y gruesos muros es como un gran cuenco coronado por un techo de fibra vegetal. En el interior de la cocina todo estaba en penumbras, las piedras ennegrecidas y ahumadas por los años y el carbón.

Un mes después de haber lavado con luz y sal los ojos en el mar del sur, de regreso a casa, viendo las imágenes me sorprendió este retrato, la atmósfera, la expresión, la luz, su esplendor dibujados sobre la mesa y como un cordón irregular definiendo el contorno de la figura.

© 2017  Maite Díaz González

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José Antonio Díaz Peláez, escultor, dibujante, joyero

josé antonio díaz peláez, escultor, dibujante, joyero
Fotografías y diseño gráfico, © Maite Díaz González (prohibida la reproducción)

Aprender a mirar, valorar sin prejuicios, dialogar con la materia, seguir el instinto. En la fotografía trabaja en unas joyas de ébano y plata, las últimas que realizó para las mujeres de la familia. Unos colgantes de los que me decía que la inspiración venía de la pieza de madera que se utiliza en Asturias para controlar a los animales de tiro, una especie de yunta muy elaborada. Cuando llegué al pueblo de mi abuela en Cangas de Onís encontré un viejo horno de pan, ruedas para carros de madera y hierro y algunos de estos objetos abandonados pues ya no se utilizaban. Quedé sorprendida por la belleza fluida de la pieza, diseñada por el talento popular anónimo y el oficio heredado durante generaciones. No ha habido un Diderot que desde el siglo XVIII se dedicara a censar, dibujar y reproducir la estética perfecta y hermosa de estos objetos utilitarios.

Luego, me fui a la iglesia del pueblo, una pequeña construcción románica del siglo XII que ha sufrido mucho el deterioro y el vandalismo y quedé maravillada con los frescos pintados en sepia reproduciendo un motivo abstracto, como un cielo ordenado. Aquellas estrellas eran también en parte las madres de su última serie de piezas, maquetas que realizó en cartón y que quiso reproducir a una mayor escala para la exposición en Ecuador, en la fundación Guayasamín. Nunca supimos por qué motivo Guayasamín no concretó su invitación, de su entusiasmo inicial, cuando compró una pieza que mi padre donó para una subasta  dedicada a recuperar fondos para ayudar a las familias de los presos políticos en Chile y Uruguay. La exposición no se realizó. Su amigo, el poeta y pintor Fayad Jamís escribió las palabras para el pequeño catálogo que fue impreso. Mi padre nunca viajó a ningún país que no fuera del «campo socialista» después que regresó a La Habana, desde Canadá, en un barco de carga, en 1966. Pero esa, es otra historia.

La tarde en el taller, sin camisa, apurando sus tazas de café y sus cigarrillos, acariciando la pequeña noche en un fragmento de ébano para incrustar con precisión los pequeños puntos de plata, como estrellas, para que las encontremos en el cielo.

© 2015  Maite Díaz González

José Antonio Díaz Peláez en un bosque de guerreros

Para mi padre y mis abuelos Elisa Peláez Berdayes y Salvador Díaz Menéndez, y para mi bisabuela Ramona Berdayes Piedra

Mi padre habría cumplido hoy noventa años. Nació un primero de julio en la casa de mis abuelos en la calle Reunión. De sus primeros cuatro años en La Habana, antes de que la familia regresara a España y se instalaran en Gijón, guardaba algunos recuerdos. Los paseos en coche por el malecón de los años veinte, donde los hombres iban a bañarse en las pocetas talladas en las rocas en la zona que va desde la avenida Paseo hasta la calle G, antigua avenida de los presidentes. Mi abuelo, preocupado por su salud lo llevó a los mejores pediatras de la ciudad, sus socios criticaban los gastos en los servicios médicos. Para su padre la salud del pequeño no tenía precio.

Bigotes, el chofer y amigo de mi abuelo, de Infiesto, le dijo alguna vez a mi padre delante de mí: cabrón, yo no pensé que sobrevivirías. Los problemas digestivos agravados por alguna alergia trajeron el desasosiego a la casa, no se adaptaba a combatir los gérmenes y microbios tropicales. Antes de los cuatro años, durante varios meses, llevó un corsé tras una fractura de la clavícula. Años después, en el setenta, volvería a estar escayolado varios meses tras la caída y fractura de varias vértebras. El corsé del torso se lo dibujamos con crayolas y lápices de colores. El carapacho, como lo llamaba, se cubrió de flores y mariposas.

Mi abuela lo cuidó y protegió con toda su fuerza, después de haber perdido a tres hijas, nacidas antes que mi padre que era el más pequeño. José Antonio llegó a España y su abuela se encargó de fortalecer su estómago en la pequeña aldea de San Martín de Grazanes. Allí lo dejaron durante varios meses. Comía manzanas y peras frescas, tomaba zumos de zanahorias. Desayunaba torta y borona -pan de maíz- cocido a la plancha cubierto con hojas de castaño, queso azul y leche agria. Se pasaba el día en la montaña disfrutando del espectáculo hermoso de la cordillera de los Picos de Europa.

En uno de los dos viajes que hizo después que lo dejaran encerrado en Cuba durante casi veinte años, de 1966 a 1985, lo invitaron a un simposio de escultura en Kirguizia, una de las ex repúblicas soviéticas. Lo enviaron casi a la Siberia, como hicieron durante décadas los rusos con las personas acusadas de desafección o contrarrevolución. Con humor, después de haber leído a Solzhenitskin decía que el viaje parecía, más bien, un castigo. Viajó y disfrutó trabajar y conocer aquel sitio a medio camino entre la ruta de la seda y la de las especies, encontrar similitudes en las costumbres rurales del norte de España y del centro de Asia, las constantes simbólicas que se repiten en lugares tan distantes, la humanidad como resumen de la relación entre la naturaleza y la cultura. En sus cartas que guardo, en la primera, fuera de los muros, nos escribe que él podría vivir en cualquier sitio y que mientras trabaja, cuando levanta la vista, ve una cadena de montañas con los picos nevados y le parece estar de nuevo en el pueblo de su madre, frente a Peña Santa. Los ríos sonoros de cantos rodados y la línea alta y quebrada del horizonte.

Organizando lo que he podido recuperar de sus archivos y preparando una recopilación de información sobre su vida y su obra, recorro las diferentes etapas creativas resumen de la diversidad de materiales y técnicas. La intuición sensible, el encuentro de un detalle o la elección de un fragmento de la realidad para convertirlos en una serie de diálogos y experiencias con el material y sus posibilidades, con la escala y el desarrollo de las formas ajustadas al movimiento, a las tensiones y contrastes.

En mi primer viaje a Asturias, José Luis Posada, pintor y dibujante, amigo de mi padre, nacido en Villaviciosa;  me llevó a un prado precioso donde según las leyendas se desarrollaban rituales de origen pagano y de influencia celta. El lugar, cubierto de un césped cuidado de un verde intenso está rodeado de grandes árboles. La luz era suave y porosa. Posada me explicaba los cuentos mitológicos, las historias que guardan los lugares mágicos de aquella tierra relacionados a los elementos y sus rituales de transformación: la tierra y el agua, el aire y el fuego. Conectado a una tradición consciente e inconsciente que supo nutrir durante sus viajes, en su trabajo seguía su intuición, confiaba en la energía, en la fuerza de la materia y en la capacidad creadora de la naturaleza y del hombre como medida de todas las cosas. Las piezas constituidas de materia y espacio dibujan un recorrido de vocación ritual relativa también a una vocación monumental. Piezas abiertas o cerradas, concentrados fragmentos arquitectónicos, columnas y arcos y puertas donde el movimiento y el ritmo son valores de superficie. Piezas como menhires constructivos, afirmándose en su libertad, defensivos en su verticalidad. Piezas protectoras como un bosque de guerreros. Iniciáticas en el juego posible de la transformación de la escultura como espacio público en la sociedad.

© 2014 Maite Díaz González

Gijón, julio de 1936

Para Elisa

Durante los bombardeos en Gijón salían a refugiarse donde podían. Hasta que el edificio fue tocado y decidieron marcharse de la ciudad. Mi padre me contaba la guerra como la había vivido, con doce y trece años. La playa de los juegos, las horas y las mareas pasó a ser territorio en guerra, la ciudad se dividió y poco a poco algunas zonas se fueron cubriendo de sombras. Perdió  a su perro que era un ratonero grácil y elegante que en medio de los bombardeos saltaba de piedra en piedra para no mancharse hasta que desapareció. La destrucción, los muertos y el polvo. Los bombardeos de las carreteras. Los dinamiteros sobre los tejados lanzaban las cargas con ondas contra el cuartel Simancas. La marina y la aviación apoyaban a los militares que habían dado el golpe de Estado y la gente defendía la ciudad con lo que tenía a mano. Mis abuelos discutían sobre qué rumbo tomar, mi abuela sin dudarlo se decidió por su pueblo en Cangas de Onís. Allí ella se sentía segura, y con ella, sus hijos.

Salvador Díaz Menéndez en MadridSalvador Díaz Menéndez en Madrid poco antes de comenzar la guerra civil

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Victor Manuel, “Marinero quiero madre”

Desconectados en la SEMINCI de Valladolid

El documental Desconectados de Manuel Gómez Pereira, volverá a las salas de cine el próximo 28 de octubre en la SEMINCI de Valladolid.

El diseñador Oscar Mariné, autor del affiche del documental,  ha sido recompensado en España con el Premio Nacional de Diseño.

Debemos a su creativa elegancia el diseño de las páginas de El PAIS semanalBabelia entre otras publicaciones. Ha dicho sobre su trabajo: “Creo que mi seña de identidad ha sido saber adaptarme a cada terreno”.

Tomado del blog TierraLibertad de Juan José Martínez Jambrina.

Fin de Castro

Fin de Castro, Concejo de Pola de Somiedo, Asturias.                 © 2010 Maite Díaz

La señalización corresponde al fin de Castro, un pueblo asturiano. La foto está hecha en la carretera que pasa por la Pola de Somiedo, en Asturias, en el norte de España. Subíamos en dirección de la Riera y a la izquierda antes de subir al puerto de San Lorenzo encontramos a Castro. ¡Qué susto! Mi abuelo Salvador, nació no lejos de allí en un pequeño pueblo a mil cien metros de altura muy cerca del puerto y de la calzada romana que unía Gijón con Cádiz, el Camino de la Mesa. El lugar es increíble y se conserva una parte de la calzada que era una ruta comercial y militar.

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