Regreso del naufragio

juan_sanchez_carlos_enríquez_jose_antonio_diaz_pelaez, La Habana 1953

En el Hurón azul, la finca del pintor Carlos Enríquez, al centro, a la izquierda, Juan Sánchez, grabador y crítico de arte y José Antonio Díaz Peláez en La Habana

Te habría gustado escuchar hoy la noticia sobre el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, y, sobre el fin del embargo. Hubieras preferido más precisión e implicación, más exigencia norteamericana, pero sé que la noticia te habría disparado la posibilidad de planes y, sobre todo, la victoria, que los tiranos dejaran de tener la coartada para justificarlo todo.

En el diccionario de la real academia de la lengua española explican el significado de la palabra coartada con una definición muy ajustada a la circunstancia cubana: «Se decía de los esclavos que pactaban su rescate con su dueño.»

La decisión norteamericana del embargo nunca la comprendiste, nunca estuviste de acuerdo y te opusiste siempre porque sabías que las consecuencias las pagaba solo una gran parte de la sociedad. La pobreza, la miseria y lo que llamabas el proceso de haitianización de la sociedad cubana. Hoy he recordado la historia de una fiesta con tus amigos en casa de un funcionario, era fin de año, y aquel hombre que no bajaba del avión y tenía más horas de vuelo que un piloto de Iberia, en un acto de vanidad había sacado un gran libro monográfico sobre Picasso, comprado en París. El libro venía acompañado de un grupo de diapositivas del pintor. El anfitrión con un magnífico proyector de los que no había tampoco en la escuela de arte donde trabajabas, ni el proyector ni las diapositivas de excelente calidad, se esmeró en dar una conferencia sobre Picasso para los amigos de su cuñado. Era así y sigue siendo así el descontrol de los recursos, la corrupción a la griega y la máxima orwelliana de que todos somos iguales pero, algunos, más iguales que la mayoría. Qué ingenuidad política entregar la libertad y creer que todo aquel sacrificio, aquella austeridad, aquella entrega se hacía realmente por el bien común. Recordé también que para las clases de arte precolombino le habías llevado al profesor Alejo las mejores diapositivas que habías sacado en Teotihuacán durante tu viaje a México para la exposición personal en 1959. Te invitaron al otro año a la fiesta del funcionario pero dijiste que no, sin explicar por qué te repugnaba aquel tipo, no sé si vive, pero vivió muy bien durante muchos años como acólito de uno de los santones con capilla en la cultureta de La Habana. Si vieras todo lo que he tenido que soportar en París, las alfombras y los jarrones chinos vuelan lejos y se extienden en muchos salones.

Camino bajo un sol de plomo. Ha muerto un vecino, un hombre bueno, veterano de la guerra de Argelia, lo entierran hoy, la ceremonia de despedida es en la Iglesia del pueblo. La ola de calor en París la comparan con la de 1953, también te falló el corazón un día de calor intenso. Los castaños majestuosos, inmóviles y su sombra protectora. Lejos, en el cielo los aviones brillan en la línea de espera. Camino lentamente mientras miro las ramas dibujarse contra el cielo azul y despejado y les imagino jóvenes aquel verano de 1953 caminando sudorosos por las calles del quartier latin.

©2015 Maite Díaz González

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