París 1953, José Antonio Díaz Peláez y Tomás Oliva

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El edificio intemporal -como la buena arquitectura de la tradición oriental- se eleva y fluye con ligereza. El cuerpo está montado sobre columnas y los muros son transparentes como las galerías de La Coruña que  sorprendieron alguna vez al arquitecto. El asombro en el puerto gallego formaba parte de las historias contadas de mi padre que admiraba la obra de Le Corbusier, su sentido del espacio, la síntesis y la visión integral de los volúmenes y el espacio. Más, alguna magia secreta de los números, los módulos y las proporciones. Los jardines se mantienen con los setos bajos y rectangulares como aparecen en la fotografía tomada en 1953. El edificio realizado en 1931 se conserva como si estuviera acabado de construir,  los árboles bajos han crecido y el rectángulo aéreo flota en un jardín suavizando sus  aristas más rotundas.

Cuántas veces habremos visto juntos esta y otras tantas fotografías y documentos. Recortes de prensa, catálogos y notas amenizados por sus historias y sus anécdotas. Fragmentos de una memoria y una vida viajera dominada por l’errance. Los viajes. La máxima sobre el camino, más interesante que la posada. Conversábamos mucho en casa.  Un espacio al que llegábamos para sentarnos a orillas de un lago transparente, apacible y profundo. Siguiendo la tradición converso con Elisa y trato de que fluya la memoria familiar para que el espejo del lago sea un manantial sereno, un relato que también deberá acompañarla. La historia de una familia marcada por los cortes bruscos de los acontecimientos contra los que nada o casi nada podemos hacer. Las guerras, las revoluciones, las dictaduras, las injusticias. Las memorias van ocupando un espacio, mezcla de olvido y elección. La experiencia sería el proceso en el que también cartografiamos para transmitir,  y, con el tiempo, vemos cómo se repiten ciclos entre las generaciones, y cómo el golpe regresa en el tiempo para avisar, como si la vida pasada, como si la experiencia de las generaciones anteriores no hubiera sido suficiente para comprender.

En la imagen no está Loló Soldevilla y a veces pienso si no fue ella quien tomó la fotografía. No sabemos quién está tras la cámara. No recuerdo con precisión pero bien habría podido ser ella. En aquellos años, Loló, muy amiga de mi padre y de Tomás, era la agregada cultural de la embajada de Cuba en París. Pintora abstracta de talento, fue una personalidad fuerte de la vida artística en La Habana de los años cincuenta. Su manera elegante y atrevida de vestir, sus gafas y su belle americaine (coche americano) convertible eran un escándalo en el París de la posguerra.

Tomas Oliva y José Antonio Díaz Peláez eligieron éste espacio delante de la obra de Le Corbusier, sede de la fundación Suiza en la ciudad universitaria de París. Eligieron la construcción contemporánea, racionalista y luminosa para guardar una memoria del viaje.

La vida política de La Habana de 1952 convulsionaba el medio artístico de aquellos años. A la vez que se desarrollaba la ciudad y crecían nuevas instituciones culturales, en marzo de 1952 el país despertó bajo un nuevo golpe de Estado. El viaje a Europa, realizado en 1953, previa exposición conjunta en La Habana, lo costearon con el pago por la realización en bronce directo de las piezas exteriores  instaladas en el Museo de Bellas Artes de La Habana. Díaz Peláez trabajó con Ernesto González Jerez, autor de una de las esculturas seleccionadas por los arquitectos encargados de la construcción. Tomás Oliva había ganado una beca y después de París se marcharía a Ravena para seguir una formación en la escuela italiana de frescos y mosaicos.  

Durante el año de 1953 José Antonio Díaz Peláez viajó por Francia, España y Bélgica. Entre las experiencias más interesantes que recordaba se encontraban dos visitas; la primera, a Brancusi, en su humilde atelier parisino donde  trabajaba y se dedicaba a fotografíar las piezas que guardaba de su colección, y, en Barcelona, sus paseos por el barrio gótico y la cripta Güell, concebida por Gaudí en un pueblo industrial a las afueras de la ciudad. El viejo mapa que compró de la Barcelona de 1953, en La Habana de aquellos años siguió siendo un documento trazado como una brújula.

© 2014 Maite Díaz González

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