José Antonio Díaz Peláez en un bosque de guerreros

Para mi padre y mis abuelos Elisa Peláez Berdayes y Salvador Díaz Menéndez, y para mi bisabuela Ramona Berdayes Piedra

Mi padre habría cumplido hoy noventa años. Nació un primero de julio en la casa de mis abuelos en la calle Reunión. De sus primeros cuatro años en La Habana, antes de que la familia regresara a España y se instalaran en Gijón, guardaba algunos recuerdos. Los paseos en coche por el malecón de los años veinte, donde los hombres iban a bañarse en las pocetas talladas en las rocas en la zona que va desde la avenida Paseo hasta la calle G, antigua avenida de los presidentes. Mi abuelo, preocupado por su salud lo llevó a los mejores pediatras de la ciudad, sus socios criticaban los gastos en los servicios médicos. Para su padre la salud del pequeño no tenía precio.

Bigotes, el chofer y amigo de mi abuelo, de Infiesto, le dijo alguna vez a mi padre delante de mí: cabrón, yo no pensé que sobrevivirías. Los problemas digestivos agravados por alguna alergia trajeron el desasosiego a la casa, no se adaptaba a combatir los gérmenes y microbios tropicales. Antes de los cuatro años, durante varios meses, llevó un corsé tras una fractura de la clavícula. Años después, en el setenta, volvería a estar escayolado varios meses tras la caída y fractura de varias vértebras. El corsé del torso se lo dibujamos con crayolas y lápices de colores. El carapacho, como lo llamaba, se cubrió de flores y mariposas.

Mi abuela lo cuidó y protegió con toda su fuerza, después de haber perdido a tres hijas, nacidas antes que mi padre que era el más pequeño. José Antonio llegó a España y su abuela se encargó de fortalecer su estómago en la pequeña aldea de San Martín de Grazanes. Allí lo dejaron durante varios meses. Comía manzanas y peras frescas, tomaba zumos de zanahorias. Desayunaba torta y borona -pan de maíz- cocido a la plancha cubierto con hojas de castaño, queso azul y leche agria. Se pasaba el día en la montaña disfrutando del espectáculo hermoso de la cordillera de los Picos de Europa.

En uno de los dos viajes que hizo después que lo dejaran encerrado en Cuba durante casi veinte años, de 1966 a 1985, lo invitaron a un simposio de escultura en Kirguizia, una de las ex repúblicas soviéticas. Lo enviaron casi a la Siberia, como hicieron durante décadas los rusos con las personas acusadas de desafección o contrarrevolución. Con humor, después de haber leído a Solzhenitskin decía que el viaje parecía, más bien, un castigo. Viajó y disfrutó trabajar y conocer aquel sitio a medio camino entre la ruta de la seda y la de las especies, encontrar similitudes en las costumbres rurales del norte de España y del centro de Asia, las constantes simbólicas que se repiten en lugares tan distantes, la humanidad como resumen de la relación entre la naturaleza y la cultura. En sus cartas que guardo, en la primera, fuera de los muros, nos escribe que él podría vivir en cualquier sitio y que mientras trabaja, cuando levanta la vista, ve una cadena de montañas con los picos nevados y le parece estar de nuevo en el pueblo de su madre, frente a Peña Santa. Los ríos sonoros de cantos rodados y la línea alta y quebrada del horizonte.

Organizando lo que he podido recuperar de sus archivos y preparando una recopilación de información sobre su vida y su obra, recorro las diferentes etapas creativas resumen de la diversidad de materiales y técnicas. La intuición sensible, el encuentro de un detalle o la elección de un fragmento de la realidad para convertirlos en una serie de diálogos y experiencias con el material y sus posibilidades, con la escala y el desarrollo de las formas ajustadas al movimiento, a las tensiones y contrastes.

En mi primer viaje a Asturias, José Luis Posada, pintor y dibujante, amigo de mi padre, nacido en Villaviciosa;  me llevó a un prado precioso donde según las leyendas se desarrollaban rituales de origen pagano y de influencia celta. El lugar, cubierto de un césped cuidado de un verde intenso está rodeado de grandes árboles. La luz era suave y porosa. Posada me explicaba los cuentos mitológicos, las historias que guardan los lugares mágicos de aquella tierra relacionados a los elementos y sus rituales de transformación: la tierra y el agua, el aire y el fuego. Conectado a una tradición consciente e inconsciente que supo nutrir durante sus viajes, en su trabajo seguía su intuición, confiaba en la energía, en la fuerza de la materia y en la capacidad creadora de la naturaleza y del hombre como medida de todas las cosas. Las piezas constituidas de materia y espacio dibujan un recorrido de vocación ritual relativa también a una vocación monumental. Piezas abiertas o cerradas, concentrados fragmentos arquitectónicos, columnas y arcos y puertas donde el movimiento y el ritmo son valores de superficie. Piezas como menhires constructivos, afirmándose en su libertad, defensivos en su verticalidad. Piezas protectoras como un bosque de guerreros. Iniciáticas en el juego posible de la transformación de la escultura como espacio público en la sociedad.

© 2014 Maite Díaz González

4 Respuestas a “José Antonio Díaz Peláez en un bosque de guerreros

  1. Felicidades a tu madre, que linda a sus 80,la vi en mierdavisión, un beso:Vierita.

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  2. Bonito articulo, me siento transportado a tiempos y lugares de los que oí..
    Saludos desde Xixón.

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