El Cuento de la Navidad

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Julia y Elisa en la primavera del 2007, fotografía de Maite

Para Julia.

Sopla el viento fuerte. El ruido fuera es un torbellino interminable. Las persianas se agitan. Se arremolinan las hojas y las ramas comienzan a caer. Sopla el viento ciego. Anunciaron en el telediario rachas de hasta 140km por hora. Bretaña y Normandía asediadas por la tormenta del Atlántico, el mar era todo espuma. Pensábamos viajar a la costa ésta Navidad pero la tormenta que llega desde el Atlántico cubre media Francia.  Ruge el viento amenazante. Los gendarmes pasean por la costa para prevenir a los irresponsables que podrían caer al mar, o ser arrebatados por las olas.  Los equipos de salvamento arriesgan sus vidas para intentar los rescates en el mar embravecido. Anunciaron en el telediario que buscaban a un marino ruso que había caído al agua;  con la noticia  he vuelto a recordar las novelas de naufragios de la infancia y la adolescencia, cuando el mundo era secreto y misterioso también para nosotros. Robinson nos cuidaba durante las convalecencias o nos perdíamos en aquellos conflictos de un capitán de quince años que debía bregar con las brújulas traficadas. El marino entre las olas inmensas, esperamos logren encontrarlo.

La nochebuena y las compras, los supermercados llenos de productos exóticos llegados desde los mares del sur, desde las costas del este de África. Langostas frescas a veintiséis euros el kilo, congeladas desde Cuba, primera vez que las veo en quince años de vida francesa. Van envueltas en celofán y atrapadas en una armazón plástica que las mantiene estiradas y elegantes. En la superficie del envoltorio se repite un logotipo pequeño que dibuja una corona y la mención Caribbean Queen, pero sin una etiqueta que logre atraer, como las portadas de los libros. Los productos congelados y embalados necesitan venderse con información. La reina del Caribe hierática por el frío no explica su abolengo. Sigo a la caza y encuentro  gambas de Ecuador y Panamá a casi trece euros el kilo. También llegan flores frescas desde Ecuador. Aguja deliciosa que probamos ayer, a veinte euros el kilo, imposible no recordar Jaimanitas y mis excursiones a por pescado y, así, sigo navegando y encuentro  doradas royales, macarelas, bacalaos, salmones noruegos, habitantes de todos los mares descansan sobre el hielo frappé; vencidos y esperando ser elegidos.

Un poco más lejos las nubes se disipan, los humificadores reparten su alegría vaporosa y recuerdan las máquinas de humo de Étienne-Jules Marey, el hombre que se dedicó a fotografíar los movimientos del aire y los fluidos. Bajo los efluvios, en cámara lenta, las verduras  húmedas y su gama de verdes vitalizantes: perejiles, cilantro, cebollinos finos y delicados, escarolas, lechugas romanas, rúcula italiana vendida como española. Mandarinas de Valencia. Nos vamos a otro mercado en Picardie, a diez minutos de casa, para comprar turrones de Jijona. Higos y dátiles, sin ellos se pierde el aroma antiguo de la Nochebuena. El pan de higos y almendras aquí no existe, es probable que no sea tradición en los países de la costa norte africana y tampoco entre los portugueses que son las comunidades más numerosas en Francia. La navidad en lo que dura el viaje también ha sido rencontrar sabores viejos y despertarlos.

 La navidad de nuestra infancia y juventud se ha convertido en un pasaje de la memoria. Aquella cita atrevida en la misa del gallo del año 1979, o era la del 80, cuando como los primeros cristianos nos atrevíamos a cruzar el dintel de la gran puerta y entrar a la Catedral de La Habana a medianoche. Desde ese túnel la Navidad ha conservado sus luces, las voces de los que ya no están, los olores y los sabores de lo que fue convirtiéndose en exótico por la situación económica catastrófica del país. Lo que comíamos y lo que escuchábamos sobre lo que habríamos podido comer. El producto y la manera de cocinarlo, una cultura. La comida contada.

Desde hace algunos días regresa con insistencia un momento que se ha quedado como una imagen fija, el día que fuimos a la bodega de 5ta y D mi padre y yo y recogimos la cesta comunista de la Nochebuena. La Nochebuena del racionamiento. La cesta de los enemigos del comercio que diría lúcido Antonio Escohotado, los enemigos que ya habían echado a los comerciantes del templo, los que quedaban, antes de la ofensiva revolucionaria del 68. Aquella fue una de las últimas Navidades antes de 1970, año en que se prohibieron porque el país estaba concentrado en la producción de los diez millones de toneladas de azúcar. Cuba convertida en un inmenso central  durante los meses de zafra. En la cesta venían uvas frescas, supongo que españolas, son las únicas que recuerdo haber comprado, luego estaban las uvas de la casa de Tío Fornés que tenían una parra y hacían vino, pero uvas en el mercado no volvimos a ver. La cesta traía turrones, higos secos, manzanas, botellas de vino y sidra. Recuerdo el sol y las grapas a contraluz, la radiografía de sus semillas, el fruto terso y jugoso, transparente y luminoso y la gente comentando en la bodega que había que aprovechar porque eran las últimas que comeríamos. Los comentarios sobre la grapa y lo que vendría la detuvieron en mi memoria con las datileras del parque Villalón al fondo que acabarían  derribadas por un fiero ciclón. Comer como el ritual  más importante. Hasta 1980 la casa de Los Pinos era como un hórreo fuerte en la deriva conservando siempre suculentas sorpresas. Criadas o cultivadas o compradas en el mercado negro. Calamares en su tinta, sardinas en escabeche preparadas por Tío Luis para acompañar el vermouth de los domingos. Las latas de aceite de oliva y el hilo denso cayendo sobre los garbanzos. Y pedíamos mungeta de garbanzos, freír los garbanzos que habían quedado del cocido.

Los frijoles negros dormidos, los tostones y la yuca con mojo, aunque siempre prefería comerla frita en barritas el día después. Hablaban las intelectuales sobre la cocina cubana en un documental, lo que ha quedado es lo más elemental de la cocina popular y no ha habido avances, innovaciones, nuevos procedimientos o presentaciones de los platos densos del comer cubano. La cocina es una emisaria de la paz, del orden y el placer, la mediadora del tiempo compartido en las familias. El aprendizaje de un respeto a la receta, sus productos y procesos, sus jerarquías y la precisión de sus tiempos. Agradezco tanto a mi madre que dedicara tiempo a la cocina para disfrutar postres deliciosos o confituras naturales, tiempo para transformar productos como el picadillo de pescado con el que nos hacía croquetas deliciosas que a veces sabían a buñuelos de bacalao. La cultura de preparar y guardar conservas en un país donde todo llegaba por temporadas y luego no encontrabas un tomate o un pimiento durante semanas. El rito de preparar y disfrutar comer, conversar, conservar. Extraño las navidades en familia con mis padres, mi hermana, mis tíos y primos y amigos; el tráfago de la cocina, la vajilla rápida levantada a cada plato, la plonge professionnelle porque muchas veces no había suficientes tenedores para la comida y para los postres. Las cafeteras una y otra vez silbando y venga historias que, junto con la buena cena, resultaban igual de nutritivas para la memoria y para el corazón.

© 2013 Maite Díaz González

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