Cristo saliendo de La Habana

Quedábamos para reunirnos en el cementerio Colón el día 2 de noviembre, ya nadie se aventura a visitarlo, el cementerio se ha convertido en un lugar peligroso. Mi padre me decía con humor, de los muertos no hay nada que temer, cuídate de los vivos. Cada año comprábamos flores y nos reuníamos mi madre y mis tías en aquel sencillo rito familiar para recordar a los padres y abuelos, y en mi caso, dos bisabuelos maternos -catalanes- que allí están enterrados. Con ellos comienza la familia, fueron los primeros en llegar a La Habana pocos antes de que terminara la guerra de independencia. Sobre el mármol los nombres y las fechas de nacimiento y muerte. Barcelona, Sant Marti de Provençal, Los Llanos de Aridane, Somiedo, San Martín de Grazanes. Nada exótico, el cementerio como la urbe fue cosmopolita y diverso.

El sol inclemente hacía relucir las bóvedas de granito y mármol. Las piletas para el agua era el único sonido que borboteaba en el silencio. Los autobuses de turistas se concentraban en la rotonda de la Iglesia, y durante el paseo encontrabas personas que se acercaban para renovar los ramos, atender los jardines o limpiar los panteones y las bóvedas. Alguna vez vi a alguien conversar con el difunto en animada charla o comentar con algún vecino propietario los frecuentes vandalismos. La familia pagaba a un señor que se encargaba de encerar para proteger del sol la piedra y evitar que las raíces del pequeño laurel levantaran el suelo o se fueran apoderando de las piedras.

Mi padre y yo paseamos muchas veces como si visitáramos las salas de algún museo europeo.

A menudo los domingos nos acercábamos un rato. Algún amigo encontraba excéntrico dedicar tiempo a aquellos paseos, pero el cementerio de La Habana es, o era, uno de los más hermosos, precisamente por sus piezas y conjuntos escultóricos. Se detenía siempre ante un panteón peculiar por su diseño piramidal y sus piezas realizadas en bronce y mármol blanco, posiblemente de Carrara. El panteón pertenecía o pertenece a la familia Falla Bonet y había sido realizado por el escultor valenciano Mariano Benlliure.

Nos detuvimos muchas veces frente a la puerta de bronce decorada con un bajorrelieve, unas figuras de espalda llevan un féretro a hombros. Mi padre descubría la superficie y explicaba la astucia del genio para lograr aquel dibujo delicadísmo con el que nos adentrábamos en un espacio donde resplandecía un sol oscuro y frío. Luego dábamos unos pasos atrás y admirábamos el Cristo dibujado contra el cielo azul y luminoso de La Habana, unas manos delgadas que parecía podíamos tocar. La pieza descansaba sobre un volumen circular coronando la pirámide y su leve inclinación junto al paso de las nubes la ponía en movimiento. Todo se jugaba en las proporciones, la sutil inclinación y el dibujo sinuoso de los paños sobre el cuerpo hasta coronar el rostro magro. A veces hablábamos del azar, y de cómo éstas piezas estuvieron protegidas en el puerto de Valencia a pesar de la furia de la guerra civil española, cuando ya embarcadas y camino de La Habana escaparon a los bombardeos y a las ráfagas que dejaron sus huellas en el granito oscuro. Las marcas de la guerra.

© 2012 Maite Díaz González

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