Mujeres olvidadas. Alice Guy en la Historia del Cine

María Elena Diardes en su investigación sobre los inicios del cine ha descubierto a una cineasta francesa olvidada por los que escriben la historia. La Historia del Cine en éste caso. Alice Guy.

Por cada mujer talentosa olvidada a cuántos hombres mediocres hemos tenido que leer, o ver colgados -nunca mejor dicho- en las galerías  y ocupando las colecciones, los eventos y  los museos de arte contemporáneo, esas pompas fúnebres cada vez más políticas, sectarias y partidistas que cambian “de críticos y especialistas” al ritmo de los poderes políticos.

La creación es una consecuencia de la libertad individual y del deseo. Y el deseo se relaciona al sexo y/o  sus sublimaciones. Es tan simple la explicación, tan evidentes los prejuicios y  cómo se establece la compleja maquinaria que sólo así podemos seguir asombrándonos frente a éstos descubrimientos. En la banalidad cotidiana más simple está  la esencia de ésta injusticia.

A la sociedad en su estructura conservadora de roles le ha costado aceptar las capacidades creativas de la mujer más allá de las que la definen naturalmente como hembra en la procreación. Es una cuestión de espacios, como en la poética de Bachelard.

Las sociedades en la medida que evolucionan transforman sus limitaciones conservadoras, lo que todavía hoy es una gracia masculina, una pose, o un trazo de humor que todos aplauden y les divierte -mujeres incluidas-, en una mujer puede condenarla al rechazo y al ostracismo. Camille Claudel terminó recluida en un hospital psiquiátrico, denunciada, juzgada e incomprendida por una sociedad conservadora que temía su sentido de la libertad y su talento. Quedaba para la historia el venerable Rodin de barbas patriarcales, sus esculturas y sus dibujos eróticos tan políticamente correctos, tan japonizantes y transgresores para las señoras.

En el siglo XX en Alemania, durante el periodo entre las dos guerras mundiales cuando la mujer logró independizarse y exigir un trato de igualdad y los mismos derechos civiles, entre los artistas de la Bauhaus se destacaron mujeres creadoras que realizaron una obra tan interesante e innovadora como la de sus colegas hombres. Estas mujeres y  su trabajo los hemos conocido años después en catálogos y exposiciones porque  no se beneficiaron en su momento de la publicidad de la prensa y de los profesionales de la crítica en los periódicos. En general, la prensa en connivencia con el poder ha dictado en función de los poderes y los preceptos morales correctos, es decir, ha decidido la existencia y el valor desde unas líneas dedicadas por los llamados críticos de la prensa que instrumentan el mercado. Por supuesto que éste poder ha decidido también sobre la obra de muchos hombres, pero en el caso de las mujeres las herejías siempre son múltiples.

Veremos a algún crítico considerado libre y vanguardista -pero con buró institucional- dar un leve sobresalto, pero el mercado fundamental del arte hoy ( y cuando digo mercado hablo de dinero) es el de los museos y las instituciones oficiales. El mercado de los críticos y los artistas funcionarios.

El siglo XXI ha comenzado con una liberalización de los medios de comunicación, éste nuevo fenómeno de democratización en los medios ha desestabilizado al poder vertical tradicional. La nueva realidad generará nuevas estructuras de legitimación más plurales y sin vinculación con ésta burocracia de funcionarios de la creación.

La impresión real es que van sobrando los intermediarios y que habrá que generar nuevas formas de mediación que desarrollen las prácticas democráticas, el sentido de responsabilidad individual, el compromiso, el desarrollo de valores espirituales y morales basados en la libertad y el respeto.

La edición independiente crea nuevos contenidos y proyectos cada día y éste fenómeno será importante para el diálogo entre los creadores y la sociedad, las instituciones y la prensa que hasta hoy han decidido  la legitimación y la valoración del trabajo creativo.

Devolver al arte su capacidad y su sentido de comunicación es esencial y las nuevas tecnologías ofrecen nuevas posibilidades,  una nueva manera de producción, nuevos medios creativos y de difusión. Es un fenómeno parecido al que sucedió con la llegada de la fotografía y el cine al mundo de la representación y la narración. Los descubrimientos no tienen sexo y van formando parte de las herramientas de nuestra civilización y en ésta era digital las mujeres ya no estamos relegadas, y, aunque en general nos cuesta  todo más esfuerzo podemos enfrentar la defensa de nuestro trabajo desde la  libertad que aseguran unas leyes y políticas de protección.

A Marie Curie cuando los envidiosos no pudieron evitar sus éxitos como investigadora científica la discriminaron y criticaron por considerarla -para la época- moralmente incorrecta, pero ahí está María en la historia de la ciencia más allá de la mediocre maledicencia.

La injusticia a veces encuentra su límite en el tiempo y nos queda la agradable sorpresa de descubrir a una mujer olvidada con una obra sorprendente o avanzada para su época. Audaz. Las obras buenas duermen con tranquilidad y el tiempo decide su valor.

El problema no es de arte o ciencia femenina,  o de mirada femenina, esa cursilería tan masculina para establecer restricciones conceptuales y etiquetas que, en su afán de clasificar menosprecian de manera ridícula y paternalista el trabajo de las mujeres. El problema es una simple tradición heredada, conservadora y religiosa, banal, que consiste en tratar siempre de relegar a un segundo plano o minimizar el trabajo de las mujeres.

La fuerza ha sido concebida como la violencia asociada a lo masculino y ésta concepción también ha dictado sus cánones. Pero la fuerza es otra cosa, una energía que se escapa ante los ojos de los que solo ven y buscan siempre platos de lentejas.

© 2012 Maite Díaz González

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