La Plaza de la Concordia, los elefantes y la democracia

El domingo de paseo por París nos acercamos a la mítica Plaza de la Concordia donde se reunían los franceses para escuchar a Nicolas Sarkozy. Nos llevó hasta allí la curiosidad de ver un meeting en éste sitio histórico, punto neurálgico de la historia y la vida política francesa en los últimos doscientos años. La Asamblea nacional está del otro lado del río y el puente que nos conduce a ella fue construído con parte de las piedras de la fortaleza y prisión de la Bastilla que desapareció de la ciudad después de la Revolución. El conjunto tiene la armonía y la gravedad de la arquitectura neoclásica, la fluidez y la elegante simetría de los ejes que unen el museo del Louvre con el contemporáneo barrio de la Défense.  La tarde ensombrecida anunciaba tormenta, los nubarrones grises como un fondo barroco de claroscuros recortaban la arquitectura sobria y monumental. La plaza, aunque es amable para pasear pues une los jardines de
las Tullerías con los Campos elíseos, es también teatral en la desmesura de sus espacios y dimensiones. Estaba repleta y resultaba difícil avanzar entre la gente, cerrados unos con otros y en medio de una oleada de banderas parecía una armada atenta en silencio total, solo interrumpido por los aplausos cuando el discurso subía el punto emocional y llegaban entre otros, Molière, Voltaire, Chateaubriand, Victor Hugo, Napoleón para recordar la grandeur de la France y la continuidad de la civilización francesa, así ha comentado el presidente. Escuchando el discurso balanceado entre argumentos históricos y reformas imprescindibles fui buscando con la cámara algunas imágenes que recogieran el ambiente en la plaza mientras pensaba en la historia del lugar hace más de doscientos años y en las genealogías que unen los espacios de la vida política europea através de la historia.
En ésta misma plaza se levantó la guillotina en 1792, los grabados de la época que describen la ejecución son sobrecogedores. El periodo fue un baño de sangre bajo la violencia de la llamada justicia revolucionaria. Un antepasado del actual rey de España perdió la cabeza aquí en 1793, y, con éste acto brutal se puso fin a la monarquía en Francia aunque luego hubo un periodo de restauración. Los reyes vivieron cautivos con sus hijos durante casi un año. En el centro político de la ciudad, a los pies del jardín del Palacio del Louvre donde había celebrado su boda con Maria Antonieta, Louis XVI fue guillotinado, también su esposa. La única mención para recordar los hechos es una placa de bronce en el suelo.  En la historia del antepasado no hay escándalos con elefantes, ese animal noble y con una memoria prodigiosa.  De paquidermos por los salones quizás habría trozos de marfil convertidos en joyas o en piezas de algun juego de ajedrez, además de los fragmentos incrustados en la marquetería de los muebles realizados por los excelentes ebanistas de la corte. Actualmente en la Plaza el único detalle africano es un obelisco de granito grabado de jeroglíficos. La pieza monumental marca el centro como una aguja de tiempo, es el trofeo que se trajo el emperador Napoleón de su campaña en tierres egipcias. Entre las causas enarboladas para el fin dramático del Borbón francés y su familia, no hubo, que sepamos, animales exóticos, solo miseria, hambre, intrigas, bufones, adulones y Lumières. Las ideas y el conocimiento comenzaron a abrirse paso con el desarrollo y la libertad de la imprenta y de la prensa. Las voces críticas cuestionaron, informaron sobre el modo de vida escandalosamente injusto, por contrastado, mientras la gente no tenía qué comer.

 

La frase de la brioche resultó un chiste macabro y los encargos a los joyeros poco discretos o intrigantes se convirtieron en las pruebas del despilfarro y en letrillas satíricas entonadas por las calles de París. Muchas veces ante los argumentos de los monárquicos franceses para regresar a la ficción religiosa que es la monarquía, aparece nítida y granítica la negativa. Para los franceses que han definido durante generaciones los valores de la libertad, la igualdad y la fraternidad como las bases de la sociedad justa no aceptarían nunca regresar a las jerarquías, los abusos y los privilegios eternos y divinos que definen a la institución monárquica. La monarquía en esencia es despótica y absoluta. El concepto de monarquía parlamentaria es una mise en scène, una voluntad de acomodarse a los nuevos tiempos históricos sin perder el poder, pero, sobre todo, sin perder los privilegios y la impunidad. El rey puede ser el jefe del ejército y un embajador extraordinario, entonces, debe asumir su función política como un servidor del Estado, es decir, como un servidor de los ciudadanos y ésta idea es otra contradicción esencial con la monarquía. El gran cuento contemporáneo que han inventado para continuar en el poder es el enunciado de roles trucado en el que el rey es quien sirve a su pueblo, una definición que no es más que pura demagogia. Los franceses son críticos con la violencia revolucionaria extrema como método de acción para cambiar el estado de cosas, pero la figura trágica de Louis XVI no ha tenido nunca un monumento en ésta plaza. El rey ha pagado el peso simbólico del hartazgo y el rechazo de un orden absurdo. La monarquía como anacronismo político en el siglo XXI es una institución costosa que potencia y define valores arcaicos.
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