José Martí Pérez (1853 -1895)

Diario de Campaña. José Martí (La Habana, 1853 – Dos Ríos, 1895)

LA MEJORANA

Mayo 5. -Maceo nos había citado para Bocucy, a donde no podremos llegar a las 12, a la hora que nos cita. Fue anoche el propio, a que espere en su campamento. Vamos, con la fuerza toda. De pronto, unos jinetes. Maceo, con un caballo dorado, en traje de holanda gris: ya tiene plata la silla, airosa y con estrellas. Salió a buscarnos, porque tiene a su gente de marcha: al ingenio cercano, a Mejorana, va Maspón a que adelanten almuerzo para cien. El ingenio nos ve como de fiesta: a criados y trabajadores se les ve el gozo y la admiración: el amo, anciano colorado y de patillas, de jipijapa y pie pequeño, trae Vermouth, tabacos, ron, malvasía. “Maten tres, cinco, diez, catorce gallinas”. De seno abierto y chancleta viene una mujer a ofrecernos aguardiente verde, de yerbas: otra trae ron puro. Va y viene el gentío. De ayudante de Maceo lleva y trae, ágil y verboso, Castro Palomino. Maceo y Gómez hablan bajo, cerca de mí: me llaman a poco, allí en el portal: que Maceo tiene otro pensamiento de gobierno: una junta de los generales con mando, por sus representantes, -y una Secretaría General:- la patria, pues, y todos los oficios de ella, que crea y anima al ejército, como Secretaría del ejército. Nos vamos a un cuarto a hablar. No puedo desenredarle a Maceo la conversación: ¿pero V. se queda conmigo o se va con Gómez?” Y me habla, cortándome las palabras, como si fuese yo la continuación del gobierno leguleyo, y su representante. Y en tono herido- “lo quiero -me dice- menos de lo que lo quería”- por su reducción a Flor en el encargo de la expedición, y gasto de sus dineros. Insisto en separarnos ante los representantes que se reúnan a elegir gobierno. No quiere que cada jefe de Operaciones mande el suyo, nacido de su fuerza: él mandará las cuatro de Oriente: “dentro de 15 días estarán con Ud. -y serán gentes que no me las puedan enredar allá el sabio Martí”. -En la mesa, opulenta y premiosa, de gallina y lechón, vuélvese al asunto: me hiere, y me repugna: comprendo que he de sacudir el cargo, con que se me intenta marear, de defensor ciudadanesco de las trabas hostiles al movimiento militar. Mantengo; rudo el Ejército, libre, -y ,el país, como país y con toda, su dignidad representado. Muestro mi descontento de semejante indiscreta y forzada conversación, a mesa abierta, en la prisa de Maceo por partir. Que va a caer la noche sobre Cuba, y ha de andar seis horas. Allí, cerca, están sus fuerzas: pero no nos lleva a verlas: las fuerzas reunidas de Oriente -Rabí, de Jiguaní, Busto de Cuba, las de José, que trajimos. A caballo, adiós rápido. “Por ahí se van Uds.”- y seguimos, con la escolta mohina; ya entrada la tarde, sin los asistentes, que quedaron con José, sin rumbo cierto, a un galpón del camino, donde no desensillamos. Van por los asistentes: seguimos, a otro rancho fangoso, fuera de los campamentos, abierto a ataque. Por carne manda Gómez al campo de José: la traen los asistentes. Y así, como echados, y con ideas tristes, dormimos.

DOS RÍOS

Mayo 12. -De la Travesía a la Jatía, por los potreros, aun ricos en reses, de la Travesía, Guayacanes y la Vuelta. La yerba ya se espesa, con la lluvia continua. Gran pasto, y campo, para caballería. Hay que echar abajo las cercas de alambre, y abrir el ganado al monte, o el español se lo lleva, cuando ponga en La Vuelta el campamento, al cruce de todos estos caminos. Con barrancas como las del Cauto asoma el Contramaestre, más delgado y claro y luego lo cruzamos y bebemos. Hablamos de hijos: Con los tres suyos está Teodosio Rodríguez, de Holguín: Artigas trae el suyo: con los dos suyos de 21 y 18 años, viene Bellito. Una vaca, pasa rápida, mugiendo dolorosa y salta el cercado: despacio viene a ella, corno viendo poco, el ternero perdido; y de pronto, como si la reconociera, se enarca y arrima a ella, con la cola al aire, y se pone a la ubre: aun muge la madre. -La Jatía es casa buena, de cedro, y de corredor de zinc, ya abandonada de Agustín Maysana, español rico; de cartas y papeles están los suelos llenos. Escribo al aire, al Camagüey, todas las cartas que va a llevar Calunga, diciendo lo visto, anunciando el viaje, al Marqués, a Mola, a Montejo.- Escribo la circular prohibiendo el pase de reses, y la carta a Rabí. Masó anda por la sabana con Maceo, y le escribimos: una semana hemos de quedarnos por aquí, esperándolo.- Vienen tres veteranos de las Villas, uno con tres balazos en el ataque imprudente a Arimao, bajo Mariano Torres, y el hermano, por salvarlo, con uno: van de compra y noticias a Jiguaní: Jiguaní tiene un fuerte, bueno, fuera de la población, y en la plaza dos tambores de mampostería, y los otros dos sin acabar, porque los carpinteros, que atendían a la madera desaparecieron: y así dicen: “vean como están estos paisanos, que ni pagados quieren estarse con nosotros”.- Al acostarnos, desde las hamacas, luego de plátano y queso, acabado lo de escribir, hablamos de la casa de Rosalío, donde estuvimos por la mañana, al café a que nos esperaba él, de brazos en la cerca. El hombre es fornido, y viril, de trabajo rudo, y bello mozo, con el rostro blanco ya rugoso, y barba negra corrida.- “Aquí tienen a mi señora”, dice el marido fiel, y con orgullo: y allí está en su túnico morado, el pie sin medias en la pantufla de flores, la linda andaluza, subida a un poyo, pilando el café. En casco tiene alzado el cabello por detrás, y de allí le cuelga en caudal: se le ve sonrisa y pena. Ella no quiere ir a Guantánamo, con las hermanas de Rosalío: ella quiere estar “donde esté Rosalío”. La hija mayor, blanca, de puro óvalo con el rico cabello corto abierto en dos y enmarañado, aquieta a un criaturín huesoso, con la nuca de hilo, y la cabeza colgante, en un gorrito de encaje: es el último parto. Rosalío levantó la finca; tiene vacas, prensa-quesos: a lonjas de a libra nos comemos su queso, remojado en café: con la tetera, en su taburete, da leche Rosalío a un angelón de hijo, desnudo, que muerde a los hermanos que se quieren acercar al padre: Emilia de puntillas, saca una taza de la alacena que ha hecho de cajones, contra la pared del rancho. O nos oye sentada; con su sonrisa dolorosa, y al rededor se le cuelgan sus hijos.

Carta a Antonio Maceo 

La Jatia, 12 de Mayo de 1895.

Sr. Mayor Gral Antonio Maceo.
General y amigo:

No puedo ver salir correo para sus tierras, sin decirle como ansío saber nuevas de Vds., y de aquél denodado campamento, con el que de seguro habrá Vd. espantado a Santiago, barrido los alrededores, y cerrado todas las vías al enemigo. Vd. allá con su ojo de conjunto, habrá hecho lo que por acá están aun por hacer, como que por el territorio desocupado se anda esparciendo, y eligiendo posiciones el enemigo, y ha podido entrar en Bayamo un rico convoy sin obstáculo alguno aunque no los custodiaban más que soldados cansados. Tengo mi pena, y es creer que aun no está bien encendido el espíritu que la pujanza de Vd. infundirá en todas partes de un solo paseo. ¿De qué heridos numerosos nos hablan por aquí? ¿De alguna acción brillante de Vd., el día en que lo vi rodeado de aquellas filas que juzgo invencibles? Eso es lo que me preocupa; que entre pronto la guerra en un plan general, -que ofenda, y ocupe el país, antes que el enemigo aun insuficiente, perezoso y aturdido, que nos pongamos pronto en marcha para el revuelo final, que -si no dejamos condensarse al enemigo puede ser cercano. Vea eso en mí, y no más: un peleador: de mí, todo lo que ayude a fortalecer y ganar la pelea.

A Masó no lo hallamos por aquí, y hemos de esperarlo. Mientras, escribiré largo al generoso José, que ya no se nos saldrá del corazón agradecido, -y a la ferviente y viril juventud de Santiago. Escribanos en detalle todos sus hechos.

El General está ahogado de catarro, y fía en que yo le escriba por los dos. A él también le preocupa la poquedad de las operaciones, la continua proveeduría de reses a las ciudades, y la desocupación de la mucha gente buena que ansía más guerra de la que hay. Súbase en los estribos, y haga arder los hombres a su voz. Se va el correo, y con él un abrazo, y gracias por los sucesos que le adivino en estos dios, de su amigo

José Martí

Mayo 13. -Esperaremos a Masó en lugar menos abiertos, cerca de Rosalío, en casa de su hermano. Voy aquietando: a Bellito, a Pacheco, y a la vez impidiendo que me muestren demasiado cariño. Recorremos de vuelta los potreros de ayer, seguimos Cauto arriba, y Bellito pica espuelas para enseñarme el bello estribo, de copudo verdor, donde, con un ancho recodo al frente se encuentran los dos ríos: el Contramaestre entra allí al Cauto. Allí, en aquel estribo, que da por su fondo a los potreros de la Travesía, ha tenido Bellito campamento: buen campamento: allí arboleda oscura, y una gran ceiba. Cruzamos el Contramaestre, y, a poco; nos apeamos en los ranchos abandonados de Pacheco. Aquí fue cuando esto era monte, el campamento de Los Ríos, donde O’Kelly se dio primero con los insurrectos, antes de ir a Céspedes. -Y hablamos de las tres Altagracias. – Altagracia la Cubana, donde estuvimos.- Altagracia de Manduley.- Y Altagracia la Bayarnesa. -De sombreros: “tanta tejedora que hay en Holguín”.- De Holguín, que es tierra seca, que se bebe la lluvia, con sus casas a cordel y sus patios grandes, “hay mil vacas paridas en Holguín”.- Me, buscan hojas de zarza, o de tomate, para untarlas de sebo, sobre los nacidos. Artigas le saca flecos a la jáquima que me trae Bellito.- Ya está el rancho barrido: hamacas, escribir; leer; lluvia; sueño inquieto.

Mayo 14. -Sale una guerrilla para La Venta, el caserío con la tienda de Rebentoso, y el fuerte de 25 hombres. Mandan, horas después, al alcalde; el gallego José González, casado en el país, que dice que es alcalde a la fuerza, y espera en el rancho de Miguel Pérez, el pardo que está aquí de cuidador, barbero. Escribo, poco y mal, porque estoy pensando con zozobra y amargura. ¿Hasta qué punto será útil a mi país mi desistimiento? Y debo desistir, en acto: llegase la hora propia, para tener libertad de aconsejar, y poder moral para resistir el peligro que de años atrás preveo, y en la soledad en que voy, impere acaso, por la desorganización e incomunicación que en mi aislamiento no puede vencer, aunque, a campo libre; la revolución entraría, naturalmente, por su unidad de alma, en las formas que asegurarían y acelerarían su triunfo.- Rosalío va y viene, trayendo recados, leche, cubiertos, platos: va es prefecto de Dos Ríos. Su andaluza prepara para un enfermo una purga de higuereta, de un catre le hace hamaca, le acomoda un traje: el enfermo es José Gómez, granadino, risueño, de franca dentadura: “Y usted, Gómez, ¿cómo se nos vino para acá? Cuénteme, desde que vino a Cuba”. “Pues yo vine hace dos años, y me rebajaron, y me quedé trabajando en el Camagüey. Nos rebajaron así a todos, para cobrarse nuestro sueldo, y nosotros de lo que trabajábamos vivíamos. Yo no veía más que criollos, que me trataban muy bien: yo siempre vestí bien, y gané dinero, y tuve amigos: de mi paga en dos años, solo alcancé doce pesos.- Y ahora me llamaron al cuartel, y no sufrí tanto como otros, porque me hicieron cabo; pero aquello era maltratar a los hombres, que yo no lo podía sufrir, y cuando un Oficial me pegó dos cocotazos, me callé y me dije que no me pegaría más, y me tomé el fusil y las cápsulas, y aquí estoy”. Y a caballo, en su jipijapa y saco pardo, con el rifle por el arzón de su potranca, y siempre sonriendo.- Se agolpan al rancho, venideros de la Sabana, de Hato del Medio ,los balseros que fueron a preguntar si podían arrear la madera vuelven a Cauto del Embarcadero, pero no a arrearla: prohibidlos, los trabajos que den provecho, directo o indirecto, al enemigo. Ellos no murmuran: querían saber: están preparados a salir; con el Comandante Contiño.- Veo venir a caballo, a paso sereno bajo la lluvia, a un magnífico hombre, negro de color, con gran sombrero de ala vuelta, que se queda oyendo, atrás del grupo y con la cabeza por sobre él. Es Casiano Leyva, vecino de Rosalío, práctico por Guamo, entre los triunfadores el primero, con su hacha potente: y al descubrirse le veo el noble rostro, frente alta y fugitiva, combada al medio, ojos mansos y firmes, de gran cuenca; entre pómulos anchos; nariz pura; y hacia la barba aguda la pera canosa: es heroica la caja del cuerpo, subida en las piernas delgadas: una bala, en la pierna: él lleva permiso de dar carne al vecindario; para que no maten demasiada res. Habla suavemente; y cuanto hace tiene inteligencia y majestad. El luego irá por Guamo.- Escribo las instrucciones generales a los jefes y oficiales.

Mayo 15. -La lluvia de la noche, el fango, el baño en el Contramaestre: la, caricia del agua que corre: la seda del agua. A la tarde; viene la guerrilla: que Masó anda por la Sabana, y nos lo buscan: traen un convoy, cogido en La Ratonera. Lo vacían a la puerta: lo reparte Bellito: vienen telas, que Bellito mide al brazo: tanto a la escolta, -tanto a Pacheco, el Capitán del convoy, y la gente de Bellito, -tanto al Estado Mayor: velas, una pieza para la mujer de Rosalío, cebollas y ajos, y papas y aceitunas para Valentín. Cuando llego el convoy, allí el primero Valentín, al pie, como diciendo, ansioso. Luego, la gente alrededor. A ellos, un galón de “vino de composición para tabaco”, -más vino dulce: Que el convoy de Bayamo sigue sin molestar a Baire, repartiendo raciones. Lleva once prácticos, y Francisco Diéguez entre ellos: “Pero él vendrá”: el me ha escrito: lo que pasa es que en la fuerza teníamos a los bandidos que persiguió él, y no quiere venir, los bandidos de El Brujito, el muerto de Hato del Medio”. -Y no hay fuerzas alrededor con que salirle al convoy, que va con 500 hombres. Rabí, -dicen- atacó el tren de Cuba en San Luis, y quedo allá. -De Limbano hablamos, de sobremesa: y se recuerda su muerte, como la conto el práctico de Mayarí, que había acudido a salvarlo, y llegó tarde. Limbano iba con Mongo, ya deshecho, y llegó a casa de Gabriel Reyes, de mala mujer, a quien le había hecho mucho favor: le dio las monedas que llevaba; la mitad para su hijo de Limbano y para Gabriel la otra mitad, a que fuera a Cuba, a las diligencias de su salida, y el hombre volvió, con la promesa de 2,000 pesos, que ganó envenenando a Limbano. Gabriel fue al puesto de la guardia civil, que vino, y disparó sobre el cadáver, para que apareciera muerto de ella. Gabriel vive en Cuba, acusado de todos los suyos: su ahijado le dijo: “Padrino, me voy del lado de usted, porque usted es muy infame”. -Artigas, al acostarnos pone grasa de puerco sin sal sobre una hoja de tomate, y me cubre la boca del nacido.

Mayo 16. -Sale Gómez a visitar los alrededores. Antes, registro de los sacos, del Teniente Chacón, Oficial Díaz, Sargento P. Rico, que murmuran, para hallar un robo de 1/2 botella de grasa.- Convicción de Pacheco, el Capitán: que el cubano quiere cariño, y no despotismo: que por el despotismo se fueron muchos cubanos al gobierno y se volverán a ir: que lo que está en el campo, es un pueblo, que ha salido a buscar quien lo trate mejor que el español, y halla justo que le reconozcan su sacrificio. Calmo, -y desvío sus demostraciones -de afecto a mí, y las de todos. Marcos, el dominicano: “¡Hasta sus huellas!” De casa de Rosalío vuelve Gómez.- Se va libre el alcalde de la Venta; que los soldados de la Venta, andaluces, se nos quieren pasar.- Lluvia, escribir, leer.

Mayo 17. -Gómez sale, con los 40 caballos, a molestar el convoy de Bayamo. Me quedo escribiendo con Garriga y Feria, que copian las Instrucciones Generales a los jefes y oficiales -conmigo doce hombres, bajo el Teniente Chacón, con tres guardias, a los tres caminos; y junto a mí, Graciano Pérez. Rosalío, en su arrenquín, con el fango a la rodilla, me trae, en su jaba de casa, el almuerzo cariñoso: “por usted doy mi vida”. Vienen, recién salidos de Santiago, los hermanos Chacón, dueño el uno del arria cogida antier, y su hermano rubio, bachiller y cómico, -y Jose Cabrera, zapatero de Jiguaní, trabado y franco, -y Duane, negro joven, y como… en camisa, pantalón gran cinto, y… Avalos, tímido, y Rafael Vázquez, y Desiderio Soler, de 16 años, a quien Chacón trae como hijo. -Otro hijo hay aquí, Ezequiel Morales, con 18 años, de padre muerto en las guerras. Y estos que vienen, me cuentan de Rosa Moreno, la campesina viuda que le mandó a Rabí su hijo único Melesio, de 16 años: “allá murió tu padre: ya yo no puedo ir: tú ve”. Asan plátanos, y majan tasajo de vaca, con una piedra en el pilón, para los recienvenidos. Está muy turbia el agua crecida del Contramaestre, -y me trae Valentín un jarro hervido en dulce, con hojas de higo.

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Una respuesta a “José Martí Pérez (1853 -1895)

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