Notas del verano (I)

Vista del puente Millau en Aveyron, FranciaViaducto Millau diseñado por Norman Foster. Fue construído por piezas y luego ensamblado en el lugar cumpliendo todas las normas sísmicas. © 2011 Maite Díaz González

Atravesamos Francia como cada verano. La mañana es fresca y la carretera se borra entre bancos de niebla. A ratos, el paisaje más allá del asfalto se dibuja con imprecisión y entre las veladuras como gasas más o menos densas, aparecen las vacas, los viñedos de la Loire disfrutando de las últimas semanas de estío antes de la vendimia. Los viticultores agradecen la luminosidad del verano, de la luz depende el dulzor de las grapas y la calidad del vino. Otros espacios del paisaje lo ocupan los campos de trigo segados y sus líneas ritmicamente regulares. La trama se adapta a la superficie curva como las decoraciones primitivas esgrafiadas sobre la arcilla. Después de bajadas espectaculares y tramos hermosos bordeando las montañas aparece el puente Millau. Tras una curva sobre el valle, entre dos colinas, desfila una línea horizontal sobre la que descansan siete mástiles y sus tensores que dibujan a su vez siete triángulos divididos simétricamente. El diseño luminoso de Foster, el dibujo de las líneas diagonales de los tensores vibra con la luz y el efecto óptico desde la perspectiva y la velocidad los aplana o los hincha como si fueran veleros o un gran barco de siete mástiles suspendido. Pasando el puente recordé cuando atravesé a pie el puente de Williamsburg en New York, el asombro ante aquella estructura antigua y sorprendente.  O los puentes romanos bien puestos que siguen desafiando al tiempo. Millau, descendiente de aquellos puentes que aún fascinan, es ligero, transparente como una pasarela panorámica construída con un hormigón liso, poderoso, delimitado por unas barreras de metal y metacrilato transparente,  y al centro, la estructura de finos tensores de acero simétricos a ambos lados de un eje. Alguna vez hacemos el recorrido por abajo entrando al pueblo por el valle y vemos sus líneas breves dibujarse en el paisaje. La decisión de su construcción fue precisamente para liberar a Millau de la circulación monstruosa del verano y ha resultado una atracción y un punto de comercio para los productos gastronómicos de la región.

Durante el viaje paramos en las zonas de descanso que están llenas de holandeses, franceses y belgas, también se ve algún coche inglés. A los holandeses les gustan las caravanas, muchos viajan así en familia con niños aunque también las parejas de retirados eligen llevar la casa con ellos. Los franceses viajan con sus cestas y neveras, la cultura del ahorro y de comer bien les impide gastarse el dinero en los restaurantes y cafeterías de carretera. Recuerdo los domingos cuando íbamos a Santa María del mar, con los tíos y los primos y la nevera de metal americana que todavía dura. Llevaban la comida para pasarnos el día en la playa. Esperaba el domingo y las croquetas y los buñuelos de mi abuela -que no iba a la playa- pero se levantaba temprano para prepararnos parte de la comida que organizaba en los tupperware y disponía en la cesta con tapa rectangular y alargada. Hasta los huevos duros que viajaban con cáscara era una delicia cascarlos, pelarlos y luego lavarlos en el agua limpia del mar. Así crecimos y siempre pensé que era una costumbre familiar también mediada por la escasez y la miseria del comunismo tropical. En Francia -me dije- sería una costumbre de organización práctica, -ahorras tiempo durante el viaje-, pero conversando con un camionero español con gran experiencia durante más de treinta años en el oficio de chófer primero, y luego, con una empresa de transportes, nos contaba que los transportistas franceses en sus largos viajes de trabajo también llevaban su comida y se les veía poco frecuentando los restaurantes de carretera. Entonces debe ser una constante cultural en referencia al ahorro y a la organización del gasto. Alguien me hablaría de la crisis económica del 2008 y sus repercusiones en las costumbres, pero éstos rituales los he visto desde hace trece años cada verano. Comer en el campo en los pueblos viejos de Europa ha sido una costumbre, salir a pescar y merendar al borde del río, o en el bosque. Las clases medias que no pueden pagarse la gran gastronomía de la guía Michelin,  con elegancia, extienden su mantel sobre la hierba. En ese gesto cotidiano y simple comienza una idea de la libertad.
© 2011 Maite Díaz  González
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