Francia bajo la nieve y el frío del norte (II)

Estanque congelado. Parque de La Corbie, Francia, Dammartin en Goële

© 2010 Maite Díaz

Estanque congelado en el parque de La Corbie. Dammartin en Goële, 10/12/2010

El miércoles 9 de diciembre nevó como hacía muchos años no ocurría en Francia. Me contaban que las últimas grandes nevadas que se recuerdan fueron en los años ochenta, especialmente en el año 1987. Como nunca nieva con fuerza y las temperaturas tampoco se mantienen bajas para conservar la nieve y formar las placas de hielo tan peligrosas en las carreteras, los episodios de frío polar sorprenden siempre porque son además difíciles de pronosticar con exactitud.

Salí del curso con una hora de adelanto pues por internet comenzaron a informar sobre los problemas de circulación en  el transporte público. La calle se convierte en una pista de patinaje y los primeros accidentes o resbalones sin más consecuencias que el susto, comienzan a bloquear las calles.

El metro anunciaba retrasos en algunas líneas y los trenes de cercanías como el RER A estaban ya paralizados antes de las cinco de la tarde. Al llegar a République en uno de los largos pasillos de confluencia de varias líneas comenzaba el atasco. Decenas de personas sin poder avanzar, circulación encontrada, empujones. Hay gente que pierde la calma rápido. Una señora que regresaba del tumulto me dijo que la línea 5 estaba de momento paralizada. Debía llegar rápido a Gare du Nord para coger el tren al aeropuerto Charles de Gaulle. La estación de République está en obras y no está bien señalizada la salida. En este punto neuràlgico del tráfico parisino underground  confluyen varias líneas y el espacio es un gruyere de túneles que seguimos con destino bien trazado cuando se trata de cambiar de línea, pero, cuando hay que ganar la superficie la cosa se complica. Varios viajeros desorientados y perdidos nos mirábamos desamparados, todos buscábamos la salida pero estábamos en el laberinto. Después de dos vueltas sin encontrar el hilo, puse el oso a trabajar, y si se va la luz…tienen que existir luces de seguridad y miré al techo y encontré al hombrecito verde con flecha que corre a la salida y lo seguí.

El crepúsculo y la noche nevada cayendo sobre París. La Place de la République casi vacía, sin circulation de autobuses y poquísimos coches rodando. La gente con el móvil en la oreja -yo entre ellas- contando lo increíble, París detenida por la nieve. Centímetros de nieve sucia en la calle dibujada por los neumáticos, placas de hielo resbaladizas y un cierto silencio exótico en la ciudad. El silencio de la nieve. Dejé los tumultos bajo tierra y caminé por el Boulevard Magenta en dirección a la Estación del Norte, el boulevard y sus luces cálidas, amarillas entre la luz azulada del invierno. Los comercios vacíos y algunas brasseries animadas con mucha gente bebiendo vinos y cervezas, celebrando la nieve. El profesor del curso recomendó quedarnos en casa el día después, anticipando  la medida del ministro del interior Brice Hortefeux de suspender los transportes públicos sobre todo los autobuses, durante toda la jornada del jueves. Y también pedir a los particulares de utilizar los coches solo si era necesario por cuestiones profesionales ineludibles.

En la parada del metro Jacques Bonsergent, unos jóvenes que salían me confirmaron que el metro de la línea cinco funcionaba y bajé para ganar tiempo. Dejé pasar dos pues era imposible entrar en los vagones. Al llegar a la estación del Norte en las patallas anunciaban retrasos. Montones de viajeros y turistas cargados de equipajes pues la circulación de taxis también había cesado. Para salir de París rumbo al aeropuerto lo más sensato siempre es el tren, sobre todo si vas con el tiempo justo y debes embarcar. El tren sin problemas funcionaba con algún retraso debido a las nieves. Encontré a dos viajeros españoles que habían salido en taxi desde el hotel en París y el chofer al llegar al periférico dio media vuelta y los llevó a Chatelet a coger el RER B  asegurándoles que con él no llegaban. En internet había leído que 20% de vuelos estaban anulados.

La estación Charles de Gaulle 1 estaba llena de viajeros mujeres elegantes con zapatos de tacón y grandes equipajes, hombres de negocios, empresarios, turistas jóvenes y mayores caminaban de un lado a otro del gran espacio arrastrando las maletas. En ésta escena y la imposibilidad de salir comencé a recordar a Buñuel y su ángel exterminador.

Esperamos hasta que decidimos cambiar el plan y salí a pie a encontrarme con Pepe que, a su vez, junto a otros cuatro coches decidieron hacer un pequeño tramo en sentido contrario para poder salir del atasco. Dejó el coche aparcado en una zona que no interrumpía el tráfico y salió a pied. La senda que baja del norte y atraviesa el aeropuerto estaba vacía, la de regreso a casa estaba paralizada. Pensé en los cuentos de mi padre en Canadá donde residimos varios años, en Montreal, yo, desde los 35 días de nacida hasta los tres años. Pensé en mis abuelo y en las nieves de varios centímetros que incomunicaban los pueblos en Asturias desde el mes de octubre y me dije: ¿qué puede pasarme si camino durante veinte minutos?. La calle de acceso estaba vacía completamente, eran las siete de la tarde, noche cerrada en invierno.

Una sensación de desamparo, la escena era como en las películas del género de catástrofes, estilo “the day after”. Algo insólito la calma y el silencio, solo el sonido de los pasos crujiendo apretados en la nieve. La guerra y la nieve, a Napoleón lo paró el invierno. Recordé las películas rusas, aquellas de los años cincuenta, tras la muerte de Stalin que quisieron presagiar un cierto deshielo del estalinismo, ese frío demoledor, ese inmovilismo que mata también en las islas cálidas. La claustrofobia, la asfixia y el encierro. Cuando vuelan las cigüeñas, aquella película en blanco y negro. Andando y pensando en el frío y la nieve recordé también aquella hermosa película de Mijalkov, Siberiada y la historia de una familia al ritmo de las generaciones. Todas las generaciones regresan al espacio fundador. La nieve y el abuelo eterno que habita en el bosque.

Caminé bordeando  y pasando  bajo las pistas del aeropuerto que también se sumaba al silencio de los pájaros cuando comienza a nevar. A -3° de temperatura el aire se hace denso y difícil de respirar, sentía el olor a combustible de los aviones. Los coches con sus faros rojos encendidos, humeantes y paralizados; yo por la senda contraria avanzaba a buen paso. Solo otra mujer con una maleta con ruedas se decidió y venía andando detrás. Pepe ya me había dicho que en la radio INFO avisaban de la organización de espacios públicos y gimnasios, para que la gente pudiera pasar la noche y esperar a la mañana siguiente para continuar el viaje tras el deshielo o el paso de las máquinas.

Mi padre contaba -por su experiencia viajera- que el invierno rudo y la nieve eran circunstancias de vida posible en los países desarrollados. Canadá según contaba era el país que mejor organizada tenía la circulación y el mantenimiento de sus carreteras. Los edicifios se construían previendo servicios en los bajos de la misma estructura. En los países fríos el clima obliga a la gente a ser más organizada,  a anticipar, a trabajar por estaciones y preparse para las épocas en las que la naturaleza ejerce su poderío y debemos adaptarnos a sus rigores. Aunque siguiendo la lógica del calentamiento global y el descenso de los centímetros de nieve durante los inviernos en el último medio siglo en Francia, las estaciones seguirán una lógica de temperaturas más altas; aunque también es posible que la naturaleza intente regular, compensando, los veranos cada vez más cálidos con inviernos cada vez más fríos.

© 2010 Maite Díaz

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