España, campeona del mundo. El fútbol y la vida

La Copa del Mundo. David Villa a la izquierda, el entrenador Vicente Del Bosque, Xavi Martínez, a la derecha, de perfil el gran Iniesta. Foto cortesía de EL MUNDO

Me levanté varias veces porque no quería verles perder. Cuando Holanda comenzó su juego duro, patadas a Bousquets, a Xabi Alonso, pensé que la divisa era ganar a como fuera. España ha jugado durante todo el mundial fiel a su juego. Elegante, limpio, organizado y preciso como una maquinaria de reloj, con fuerza serena, creatividad y flexibilidad. Han jugado unidos y con generosidad. Ha sido la Copa de España, en gran parte, gracias al entrenador Vicente del Bosque que más que un entrenador parecía un padre sereno orgulloso de su prole.

Comenzaron perdiendo con el equipo suizo para luego ir ganando confianza. Contra todos los pronósticos, salvo los del pulpo Paul, pero sobre todo, contra el cultivo de la derrota de muchos han ganado esta Copa. No sé si las metáforas pueden funcionar en la psicología colectiva, pero España, siempre tan vapuleada y en crisis política, necesita un bálsamo de optimismo colectivo y de confianza en sí misma. Sueños posibles, sueños de la razón felizmente realizados. Un juego en el que la preparación, la organización, anticipar, utilizar la aceleración, la velocidad y la suerte, saberse posicionar o ser seleccionado por el azar para marcar con la tenacidad y el talento. O sencillamente, en fracciones de segundos, ver como parten trenes y oportunidades sin remedio y crecerse y aunque el tren haya partido jugar creando la próxima posibilidad y apostar de nuevo. Es el juego del optimismo sin fin, en parte, por esto se parece tanto a la vida, y es un deporte que logra seducirnos aunque no seamos aficionados todo el año. No han sido partidos de muchos goles pero ha sido un espectáculo verles jugar y los goles han sido todos emocionantes, pocos, para ser recordados. Los cinco de Villa, el de Puyol y el de Iniesta, ese jugador maravilloso, veloz, generoso y preciso.
Tantos años sin poder ganar la Copa del Mundo y al fin Campeones con la admiración de todos y, al menos los franceses, hablan de España como ejemplo de un juego construído, con personalidad y un equipo cohesionado.

Este mes he recordado a mi padre pegado a la radio los domingos por la tarde. Tenía un calendario con los horarios de los programas.  En La Habana durante los años ochenta escuchaba los comentarios deportivos de Radio Exterior de España , y como aficionado conservaba su estandarte triangular rojo y blanco del Sporting de Gijón y su fidelidad a su equipo desde que era un niño y aprendió a jugar en los equipos escolares y en la playa San Lorenzo de Gijón con sus amigos. El mismo equipo en que David Villa, el goleador asturiano comenzó a cosechar sus triunfos. Mi padre escuchaba los comentarios radiales y revivía el juego de la Quinta del Buitre con Buitragueño a la cabeza. Desplazaba a los jugadores sobre un tablero de ajedrez, otra de sus pasiones. Pasó el mundial del 82 en España, luego el del 86 y nunca pudo disfrutar la felicidad de ver a España campeona, como tampoco nunca tuvieron la felicidad de poder regresar a España y hacer el viaje. La hispanidad y las dictaduras son como las entradas a patadas del contrario cuando el jugador ágil escapa por la banda lateral, así que ésta copa también va por ellos y seguro estarán por allá arriba celebrando sin la amenaza de la taquicardia.

En los setenta alguna vez acompañé a mi padre y a mi tío Luis al estadio de La Tropical, así lo llamaban aunque la Revolución lo había bautizado Pedro Marrero. Según contaban desde los 40, en La Habana se jugaba muy buen fútbol y el equipo que seguían, era el Club Juventud Asturiana. En aquella época íbamos a ver a “los veteranos” que estaba formado por unos espléndidos señores mayores que mantenían los fines de semana la pasión por el fútbol. Alguna vez vi jugar al actor Miguel Gutiérrez, amigo de mi padre. Los veteranos se reunían a jugar a pesar que a los Castros, y a la nomenclatura del Inder (Instituto deportivo oficial) siempre les interesó más el béisbol, deporte más caro por todos los objetos necesarios: guantes, pelotas, bates, caretas para el catcher pero de más arraigo en la isla desde que intervinieron los americanos en la guerra de Cuba. Está claro que nuestras pasiones cambian con los vientos propicios, la isla inconstante que diría filosófico Cabrera Infante.

También dejaron de visitar los frontones de jai-alai, recordaban en sus anécdotas el del Paseo del Prado. Les encantaba la pelota vasca que allí llamaban jai-alai, también fue prohibida bajo la excusa de las apuestas y la cruzada moral comunista contra el juego. También conocí algún pelotari retirado y reconvertido. Las peleas de gallos también fueron prohibidas por las apuestas, aunque a Raúl Castro le gustan las peleas de gallos y cuenta la voz popular que nunca ha dejado de disfrutarlas, su hija Mariela en duelo con Yoani Sánchez la llamaba “gallita”pero bueno, ya sabemos la divisa del comunismo tropical unos pocos más iguales que los otros.

El béisbol, de gran arraigo popular, para los Castro era además propaganda política. En los mundiales Cuba jugaba con un equipo profesional contra equipos amateurs del mundo entero y siempre ganaba al equipo norteamericano, David y Goliat, Cuba ganaba siempre “por su superioridad moral”, Fidel los recibía, dedicaban el triunfo al comandante toda una liturgia del Partido y el deporte profesional al servicio ideológico. Los equipos norteamericanos  no eran profesionales estaban formados por estudiantes universitarios dedicados al deporte amateur durante sus ratos libres en los clubes de las Universidades. El Instituto deportivo no dedicaba recursos a desarrollar la afición futbolística que comenzó a renacer en la isla con el Mundial de España en 1982. El fútbol, su ausencia, también nos ha aislado en el continente hispánico reafirmando nuestra “excepcionalidad” en el conjunto de repúblicas. La burguesía cubana ha sido siempre afrancesada en gustos y pragmáticamente pronorteamericana en economía y negocios.

Recuerdo otro partido en los setenta, ésta vez en el Estadio Latinoamericano cuando el equipo de México viajó para un encuentro amistoso y cosió a goles la portería cubana. Mi tío que había sobrevivido a tres infartos, un corazón grande pero frágil, tenía prohibido por su cardiólogo ver los juegos solo en el estadio. Luego se los prohibieron totalmente pues era incapaz de controlar sus emociones . Aquella tarde a la emoción del juego desigual Cuba-México se sumó el disgusto. Al final, después de la victoria, los mexicanos lanzaron balones de regalo a las gradas y el servicio del estadio recibió la orden de recuperarlos. Los balones no pudieron partir con los jóvenes de una afición que se habían reunido espontáneamente aquel día. En el mejor de los casos, los balones habràn engrosado la logística del Inder, la estructura gubernamental deportiva, si es que no fueron a parar a algún terreno o a la finca personal de algún dirigente.

© 2010 Maite Díaz

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