En el sur de Francia (III)

museodaliMuseo Dalí   ©2009 Maite Díaz

Viajamos por la autopista hacia España. Atravesamos la frontera. Figueras me gusta nos recuerda a La Habana. Paseamos por el centro peatonal y buscamos el Museo Dalí, los grupos de turistas son legión y lo màs sorprendente es la cola enorme para entrar al Museo fuertemente custodiado. Desistimos. Habrà que venir en invierno cuando todo se calma. El calor es sofocante, intentamos sentarnos en una terraza, los menús estàn en las pizarras en ruso, y las mesas estàn repletas de eslavos. El camarero, amable nos pregunta si vamos a comer, queremos beber algo, pues aquí, imposible, las mesas son para los encargos de arroz. No, muchas gracias. Paramos en una creperie bretonne en Figueras. Està alejada del epicentro daliniano pero el camarero es encantador y el lugar està decorado alegremente, pop a la Niki de Saint Phalle. Cerveza helada en verano, brisa suave y el epicentro bulle y verlo de lejos tiene su encanto. El edificio es un delirio. Como un templo surrealista a la desmesura de la imaginación, hay algo también totalitario en los sueños del artista con huevos gigantescos.

Los muros rojos, los cipreses tallados como columnas, y esas formas inexactas que como pegotes se repiten en la fachada. Un clin d’œil a la casa de las conchas en Segovia. Las figuritas doradas, los maniquíes entre los huevos, sobre sus pedestales. El día es luminoso y tenemos unas horas españolas. Nos recomiendan comer arroz en Rosas, en la costa. Nos entrenemos en la ciudad y llegamos un poco tarde. En la carretera una enorme valla anuncia que estamos cerca del mejor restaurante del mundo, El Bulli, según una encuesta americana. El chef se llama Ferràn Adriá, creador de la nouvelle cuisine en Cataluña. Desde una foto enorme recibe a los gourmands que llegan de todas partes. Nosotros seguimos a Rosas. Nos sentamos en un restaurante a la orilla de la playa, es tarde, comemos tapas croquetas deliciosas, pescaíto frito, frescos y crujientes, calamares. Se levanta la tramontana y el viento es enloquecedor. La playa es una gran bahía que nos recuerda Pollensa en Mallorca y como la isla, està llena de franceses y alemanes, el restaurante también. Pregunto si recomiendan alguna cala protegida o si en Cadaqués habrà menos viento. El camarero asegura que el viento sopla fuerte en toda la costa. Nos vamos hacia Cadaqués la carretera es un camino de montaña, sinuoso. Es posible que cayendo la tarde el viento se calme. El paisaje es hermoso, las montañas cultivadas en terrazas. En una época los olivos crecían en las laderas, en los canteros construídos con muros de piedra seca. Hoy los dibujos de las terrazas van desapareciendo y el cultivo de los olivos también. El turismo es la nueva industria. En ésta parte de la Costa Brava viven en verano muchos franceses y alemanes. Paramos para ver la bahía de Rosas desde lo alto de la montaña y poco después aparece el pueblo blanco dibujàndose contra el azul mediterràneo. La Iglesia blanca, encalada, en lo alto de una suave colina, majestuosa en su simplicidad.

©2009 Maite Díaz

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3 Respuestas a “En el sur de Francia (III)

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