La Habana

santamariadelmar
                                                                                       Santa María del Mar. © Maite Díaz

Paseamos. Mi memoria de La Habana es fluída y líquida. Un estanque, un espejo de agua que por momentos se agita. No encuentro la patria, la República menos, extraviada desde antes de nacer. Son palabras enormes para navegar ésta poca sencillez. La patria es una ciudad, sus calles, lo que pudieron contarnos de entrañable, lo que nos dejaron vivir. El país es otra cosa, o la república, si la hubiera. Ahora vivo en una República. Estuve viendo ayer en la televisión el debate parlamentario en París. Bolonia, las universidades, Europa, las protestas contra Israel. Miro las fotos sobre el muro de casa, estamos todos. Una cartografía hilvanando cien años. Las dulces horas reconstruyendo la historia familiar; una historia sin patria, o màs bien con la ilusión intermitente de tenerla. O de tener dos. Una historia común. Marcada por los viajes, los abandonos, los destierros, el exilio, y también por la felicidad y la hermosura. Una patria en fuga como resumen de una tradición. Y detràs, bien separada de los personajes, como en un telón de fondo, la historia política de Cuba y España, sus amores difíciles, sus desencuentros, sus delirios y sus venganzas. La experiencia de la tierra sentida como los huesos, asturianos, y los deseos de que la hierba me abrace. Los puertos y las historias que se deshacen. La Habana recibiendo generosa desde Barcelona, Gijón, La Palma, màs tarde, también desde Lisboa. Los barcos cargados y unos surcos hundidos en la mar. Unas líneas de viaje grabadas con sal. En invierno, el malecón desbordàndose, gris, como el Cantàbrico. Mi padre de pie, rememora el espectàculo de la tormenta y el barco cruzando el Atlàntico, hundiéndose y reapareciendo como un animal antiguo. El aire, los pulmones flotando y la necesidad de controlar el oxígeno hasta la asfixia. La playa, el mar, ese caldo primordial de la infancia, mi madre, el fuego rojo y los silencios. Un horizonte, la arena caliente y el puente sobre el río. Bucear, lentamente sentir el ruido sordo del agua entrando en mis oídos, la sal lavando mis ojos mientras el sol brilla entre burbujas. Recorro las calles donde nací, trazadas anglosajonamente, entre números y letras. Nos sentados en el muro salado, la última frontera al borde  de la costa y  los amigos se despliegan como las cartas del tarot. Los laureles poderosos estallan las aceras. Caminamos entre las sombras exhuberantes de los àrboles, trato de recordar cuàndo comenzaron a resultarme hostiles éstas calles, tan húmedas y deliciosamente amplias. El Atlàntico ha sidosiempre  nuestro espacio para el olvido.

©2009 Maite Díaz

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