París, el día en el Museo de Orsay

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Vista de Montmatre y la iglesia Sacré Coeur desde los ventanales de la galería de los impresionistas en el Museo de Orsay

Vivir a las afueras de una gran ciudad tiene sus ventajas. Digamos que amamos la ciudad con intensidad, no sufrimos sus atascos, ni su polución, ni los inconvenientes de sus restauraciones y transformaciones. Siempre dispuestos a los descubrimientos, mantenemos ciertas fidelidades, regresamos al café en la discreta plaza, el café global exhibiendo cafés del mundo entero y un camarero simpàtico, eficiente y conversador ; pero tras algún tiempo de ausencia, la terraza ha desaparecido, el mundo del café sobrevive en otro àngulo de la plaza, menos luminoso y encantador y, las antiguas fachadas son ahora las puertas electrónicas de una gran superficie de venta de materiales y objetos de decoración.

La cultura es una de las grandes industrias de París. Los museos son estructuras que se renuevan al paso y al ritmo de directores y equipos que aceptan nuevas concepciones menos historicistas y lineales para exhibir la creatividad y el oficio de los artistas reconocidos. Crear un espacio para mostrar a Monet, sacar un cuadro de Monet, un croquis de gran formato de una pequeña sala oscura y ponerlo en el centro de la galería impresionista del Museo de Orsay, era uno de los ejemplos que recuerdo de los atrevimientos museogràficos que el director, Serge Lemoine proponía como lectura creativa del pasado, realizando un viaje de regreso en los resultados de la investigación artística de un pintor, potenciando el anàlisis del proceso y proponiendo la pieza resultado de las búsquedas, «el error», lo deshechado posiblemente por « el mercado » como expresión suprema de investigación, como enlace con el movimiento abstracto que se desarrollaría años después.
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Interior del Museo de Orsay desde el fondo de la nave central, a la derecha  se encuentra la galería de los impresionistas. A la izquierda en la imagen, las estructuras rojas pertenecen a la exposición temporal dedicada a la emancipación de los escultores del siglo XX de la influencia de Rodin, la exposición se titula: Oublier Rodin ? La sculpture à Paris, 1905-1914

Regresé ayer al Museo de Orsay, después de casi un año sin visitar las colecciones. Es un Museo que resume el arte europeo de 1848 a 1914. Perfectamente estructurado, el recorrido comienza por la planta baja. A la derecha Ingres, Moreau, Delacroix y a la izquierda de los espacios monumentales de la antigua estación, encontramos las divertidas esculturas caricaturas de Honoré Daumier realizadas en arcilla policromada. Los personajes representados son todos parlamentarios de la Asamblea, figuras políticas contemporàneas del artista. La influencia goyesca en su obra pictórica es evidente en éstas piezas escultóricas.

La nueva escenografía museogràfica ha mejorado notablemente en la presentación de las obras de Courbet de pequeño formato, instalándolas en salas màs pequeñas, íntimas y acogedoras. Sobre fondos apagados de color verde olivo y violeta han sido colocados, «L’origin du monde » que fuera propiedad de Lacan y que estuvo escondido en su casa durante años tras una cortina, el paisaje de las costas normandas, calizas y blancas, el gran pez. Manet y su sala « española » con « Lola de Valencia », su cuadro sobre la corrida y arriba, subiendo los peldaños del desnivel de la planta baja, « El Desayuno sobre la hierba », màgico, magníficamente iluminado, el cuadro solo, sobre un muro verde extiende la sensación de libertad, de bosque y prolonga la atmósfera atrevida y relajada que narran los personajes. Puvis de Chavannes, un pintor verdaderamente moderno por su tratamiento del espacio, su modernidad gràfica conserva su sala a la derecha llegando al fondo.

Subir a la sala de los impresionistas es siempre emocionante. En paralelo al río, a las vías ràpidas que bordean el Sena, los grandes ventanales muestran la ciudad aún invernal y gris, el silencio de la velocidad de los coches desplazàndose tras los cristales. Sobre los muros de estuco italiano, de tonos arenosos, matizados y elegantes, cuelgan los cuadros de Van Gogh, Cézanne, Manet, Monet, Degas, Renoir y dos cuadros enormes llenos de parches, empates y urgencia en los que se dibujan las bailarinas y los personajes de la noche que sedujeron a Toulouse Lautrec. Los nenúfares de Monet, caros a Serge Lemoine no estàn donde los había dispuesto hace unos años, venía con la idea de volver a ver el fragmento del estanque, el cuadro líquido en verdes y lilas, dibujado con seguridad y nerviosamente, pero no lo he encontrado. Mis amigos visitaban a velocidad, y yo, despacio, buscaba mis antiguas referencias en los espacios de Orsay, la vieja estación de 1900, me he quedado esperando en el salón de té.

© 2009 Maite Díaz

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