La nieve II

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Siempre que nieva se hace el silencio, y la luz desciende a los límites. Los negros cuervos se esconden y desaparecen sus graznidos. Ayer, me despertó el búho varias veces de noche. Cuando estuve en Asturias hace dos años, un cárabo se posaba cada noche en el techo de tejas de la casa donde nació mi abuela, donde yo dormía. Los vecinos del lugar me decían que la visita significaba presagios, que no era habitual, las leyendas de los pueblos. Ahora siempre que escucho al búho, pienso que llegarà alguna buena noticia, de momento, ha llegado la nieve.
Con la niebla y la nieve aprendemos a mirar diferente, el frío no dibuja como el calor. El sol, contrasta, quema, los colores pierden intensidad, la luz los hace vibrar. El frío invade silencioso, y en la lentitud de la caída, la nieve perfila, dibuja por acumulación hacia el blanco impoluto. Cuando cae despacio y en pequeños copos, el poste màs vulgar, su sombra, recuerda las naturalezas muertas de los flamencos y ese resbalar despacio de la mirada por los contornos de las cosas.

©2008 Maite Díaz

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