Memorias de mi padre III

Memorias de mi padre. Cuba y España

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Tomás Oliva y José Antonio Díaz Peláez, La Coruña 1952

Estàn en una plaza de La Coruña, con dos amigas gallegas. La imagen es de la España de la postguerra, escasez, extraperlo, emigración a Venezuela y màs tarde, en los sesenta, a Alemania desde el norte.

Habían embarcado en La Habana, dos escultores abstractos, miembros fundadores del Grupo Los Once. Tomàs Oliva a la izquierda y José Antonio Díaz Pelàez, mi padre, a la derecha. Cuba en aquella época era un país próspero. Durante un año trabajaron en la realización de las piezas monumentales al exterior de la fachada del Museo de Bellas Artes de La Habana. Con ese dinero y doscientos dólares mensuales que mi abuela Elisa le giraba, mi padre recorrió España, Francia y Bélgica en el año 1952.

Había dejado Asturias en 1939 poco antes del fin de la guerra civil española. Su deseo màs íntimo era regresar, caminar por la playa San Lorenzo, en Gijón, la playa de su niñez, y volver al pueblo de su madre, San Martín de Grazanes, en Cangas de Onís, allí se habían refugiado, tras perderlo casi todo durante los bombardeos de Gijón.

El viaje a Europa tenía como objetivo París fundamentalmente. Agustín Cárdenas, otro escultor del grupo había viajado con una beca instalándose en París, podríamos pensar que en La Habana de los cincuenta “la discriminación positiva”, a la americana, funcionaba naturalmente, pues Cárdenas era un negro tan oscuro como la noche. Recuerdo una tarde en La Habana, poco antes de marchar Tomàs Oliva de Cuba, durante aquellos años difíciles en que sólo mis padres, Antonia Eiriz y algún que otro amigo mantuvo la amistad mientras Oliva se convertía en un apestado por su decisión de abandonar Cuba. No entraba en la Uneac, (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) llamaba a Emma, cuñada del poeta Pablo Armando Fernàndez que era la secretaria de Artes Plàsticas, Emma avisaba a mi padre y Tomàs nos esperaba en la esquina de G y 17 donde había una bodega. Muchas veces almorzàbamos juntos en algún restaurante, Tomàs trabajaba, castigado, en la marmolera del Cementerio Colón esperando la visa española; a comienzos de los años sesenta había sido director de Artes Plàsticas, un cargo casi con rango de ministro en aquella época. Los dos revivían conversando sus viajes y aventuras.

En éstos días de elecciones norteamericanas y revuelo con las minorías étnicas, sexuales, recordé el chiste que hacían los amigos de mi padre sobre París en los cincuenta, decían que, « en aquella época ser negro o homosexual te adelantaba quince años de carrera », con lo cuàl, siguiendo la ironía, podríamos decir que París fue pionera en el tema de “la discriminación positiva”, al menos, en el territorio de las artes.

©2008 Maite Díaz

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