Los Domingos (II)

El Festín. Lonja de Garrucha, Almería, España, agosto 2008

EL ARCA DE NOÉ

La casa de la abuela Elisa era como un hórreo, una gran despensa. Vivían en Los Pinos, en Arroyo Naranjo, la propiedad era un terreno doble haciendo esquina en la Avenida de la Pastora esquina a San Antonio. Después de regresar de Asturias, tras la guerra civil española, compraron los terrenos. La construcción eran las típicas casas de madera americanas con ventanas de guillotina, con lo cuàl, sentada en la sala, me parecía siempre que mi abuela viajaba en tren, derecha, silenciosa, con sus azabaches asturianos, sus dos piedras negras, una en cada oreja. Llegàbamos en el escarabajo, el clan se reunía los domingos del suave invierno habanero. La casa estaba construída, o màs bien montada sobre una plataforma de hormigón sobre pilotes. A la entrada, los jardines de mi abuela, sus canteros con rosas, una mata de granadas, una chumbera y una higuera. El terreno estaba cercado, delimitado con la calle por un muro y encima una reja, el espacio de aquel terreno era el Arca de Noé. Durante los sesenta, mi tío Luis, -ya retirado-, sembraba, cebollas, ajos, yuca y diferentes variedades de plàtanos; en la mesa de mis abuelos asturianos, los plátanos fritos eran como el pan y la sal. Mi abuela los freía con aceite de oliva que mi tío compraba en bolsa negra en los restaurantes  de comida española como el Toledo, La Casa de los Vinos, El Centro Vasco. En la parte de atràs del patio estaba la casa de las gallinas ponedoras, una caseta especialmente diseñada donde los pequeños recuperàbamos los huevos que nos llevàbamos a casa para la semana; detràs pegadas al muro había jaulas con conejos, el garage que había sido el taller de escultura de mi padre, un limonero y matas de mangos y aguacates deliciosos. Mi tío Luis era aficionado a la cría de peces y coleccionaba cactus, tenía peceras enormes, todo un sistema de tuberías con motor que oxigenaban los estanques de cría en el suelo y las peceras en el portal y el patio. En los estanques criaba lombrices para alimentar los goldfish y escalares que nadaban sin prisas, las lombricillas apestaban y vivían a oscuras, eran unos amasijos de color marrón de cientos de miles de criaturas que se movían nerviosamente. Bigotes era asturiano, amigo de toda la vida de mi abuelo, era de Infiesto, había sido su chofer y hombre de confianza. Bigotes no había tenido hijos, sus ojos eran azules y luminosos, le llamaban Bigotes por su moustache de manubrio. Pasábamos horas con los jamos de gasa suave pescando y haciendo el trasvase de las crías a otro espacio para evitar que la madre las devorase, a los peleadores no se les podía dejar juntos pues acababan deshilachados y exhaustos. Un día, mi Tía  María Luisa nos hizo una panetela, la dejó al borde del estanque en un plato con unos vasos de leche, seguimos en la aventura del trasvase de los peces, mi primo y yo subimos al àrbol de naranja agria que protegía con su sombra los estanques, al rato, el plato se había ennegrecido de hormigas locas, nerviosas como las lombrices, algunas nadaban desesperadas en la leche; Bigotes cogió la panetela, y sopló como un gigante, sacudió suavemente acariciando con sus manotas el trozo de bizcocho, me miró y me dijo: -Come cielo, que pobre del animal que caiga en boca de otro.

Maite Díaz

© 2008. Fotografía Maite Díaz

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