Homenaje de sus amigos escritores al escultor José Antonio Díaz Pelàez en La Gaceta de Cuba en junio de 1989

Relámpago. 1986. Colección Museo de Bellas Artes de La Habana.
… homenaje
Georgina Herrera
… Y sin propósito establecido, a esa hora en que la soledad en una capilla es lógica y devastadora, coincidimos todos los que llegamos a él por los muchos ángulos del cariño entrañable: las hijas y casi en pleno los integrantes de “la chapuza”, esa asociación mínima y selecta en la que el pretexto para su acceso era, casi siempre, un delirante partido de ajedrez, que a no ser por la presencia de torres, alfiles, damas, peones y reyes se acercaba màs a nuestro cubanísimo dominó.
Bajo el asiento de Rosendo han puesto la botella de la que todos bebemos de vez en cuando. De pronto, Tato canta bajito y Domingo dice que lo està despidiendo como amigo.
Va a amanecer. Voy hacia él por última vez y no le concibo la quieta indiferencia con que mantiene los ojos cerrados. Pero, miràndolo a través de ese color impreciso que pone el llanto, imagino que espera su momento de sonreír, de responder a quien lo llame por su nombre o por su apodo, que beberà un trago y moverà tercamente, para perderlo en medio del estruendo que no se repite y no se olvida, el rey de su juego.
La Habana, 1989
Georgina Herrera, escritora, reside en La Habana
El mejor del silencio
Mario Martínez Sobrino
Hay una vida que une
A buscadores espiando la aventura
Bebiendo en sus vísperas
Hay una ciudad que une y separa vidas
José Antonio
¿Dónde nos encontramos?
Te buscaremos
Te buscaré
En la ciudad adonde fuimos
Entre humos y algo de luz
Nicolàs Reinoso busca otra vez el acorde
De una frase
Que el saxo no puede encontrar
Noche de gritos
Los bebedores esperan
La frase que no vas a decir
Pero en la locura de este jazz
Andan tus estatuas
Se encienden las luces
Los bebedores salen recordando
El acorde sin acabarse que los acompañó
A ti José Antonio
A ti que nos despides
Sin poder terminar la frase
Y frase eres
Por eso
A ti José Antonio
El mejor del silencio
El primero de los bebedores
Que nos deja en la sed
Del agua que nos lleva
Nos dejas
Pero nos dejas saber màs de la piedra
Dejando su fuerza hacerse en tus manos
Màs de nosotros
Menos de ti
Y más preguntas
Entre esos espacios de las piedras
Hablando sobre piedra de nosotros
De la Isla
De figuras que quisieron las palmas
Nos dejas
Buscador que nos encuentras
Cuando pareces escuchar miras
El horror y la belleza que faltan
Por decir en sustancias
De los ojos y mundos
La familia y la soledad del espacio
En hierro y segmentos de aire
Armados en tu acorde
A golpes de tu amor y de tu furia
Haciéndolos nuestros
Manos de la sangre
De lo que somos o queremos
Nos buscas
Nos buscas
Desde todos esos monumentos
Donde también te imaginamos
Con tus bigotes de encinas y pinos
Riendo
Ceceando inocencias y astucias
Que sabíamos Pelàez
Los que en balde esperamos tu acorde
En el saxo una noche de gritos
Sobre la piel de La Habana
Encuentras
Encontraràs
Seguiràs encontrando
Otras manos que querràn palpar
Las maderas los pedazos de profundidades
De la tierra que añadiste
En el siempre que queremos
Otros ojos
Que no sabràn como eras
Ni como eran tus ojos arrugados
Ni tus cuentos tu amistad tu risa
Ni como maldecías ni como te ocultabas
Mirando
Pero tendràn
Lo que fuiste por hacer
De la Isla en el mundo
(Este es el llanto de tus bebedores
Gallego
En nuestra Habana Inmortal)
La Habana, 1988
Mario Martínez Sobrino, escritor, reside en La Habana
La puerta entreabierta
Teodoro Espinosa
En la sala de la casa donde vivo conversan mi padre y mi madre, que ya estàn muertos. Las dos últimas palabras son provisionales; el tiempo abrirà la posibilidad de escribir “estamos muertos”, pero entonces el que escribe en primera persona no podrà hacerlo ni le interesarà. (Es lo màs probable). Son las ocho y media de la noche en el tiempo màgico de ésta ficción literaria. La puerta està entreabierta y voy a salir. Mis padres, siguiendo un viejo ritual preguntan a dónde voy. Les respondo que a conversar un rato a casa del Gallego.
Camino por la calle veintitrés y doblo a la derecha en dieciséis. La puerta del amigo està entreabierta al final del amplio pasillo que es màs bien una calle que termina en su casa. Me detengo en el umbral. José Antonio, sentado en una silla, hojea un libro. Lo saludo y enseguida hace un gesto para que entre. Uno de los dos dice un chiste ocasional y nos reímos. Hay una tetera sobre la mesa y ya estoy convidado a un té. Hablamos sobre la maqueta que ocupa casi una cuarta parte de la estancia. Fue hecha por él mismo en su avatar de miniaturista asiàtico; dentro de unos meses la maqueta se tranfiguraría en un conjunto monumental. El hecho es que el artista es uno y es múltiple y ello pertenece a una dimensión misteriosa. En los estantes hay varias de sus esculturas de madera que aluden en planos de cubos salientes a los pilares del acueducto de Segovia o a los sillares precolombinos del Perú. Y también hay pequeñas esculturas de cartón que parten de otras formas que el artista recrea en un Génesis propio.
Mientras tomo el té examino el libro que José Antonio estaba leyendo: es sobre el arte etrusco. Miro las làminas. Aparecen las necrópolis subterràneas donde los etruscos reproducían con arquitectura, ceràmica, escultura y pintura el mundo de los vivos. Observo cierta ilustración que muestra una puerta cerrada; la siguiente es de una puerta entreabierta. Los pies de grabado explican que en Etruria algunos artistas creyeron que no hay comunicación entre la vida y la muerte, pero los màs osados entreabrieron las puertas porque sí la hay. Percibo una revelación, una epifanía. La sala donde estoy empieza a tomar la extraña forma que tienen las salas de los sueños. Ya no veo a José Antonio: se ha marchado, no sé cómo ni a dónde. Los objetos se esfuman. Sin embargo, las esculturas del maestro mantienen la evidencia de lo real. No pueden desaparecer en este sueño literario porque tampoco desapareceràn en la muerte. Veo la puerta entreabierta y salgo.
Teo Espinosa, escritor. La Habana 1989
Adiós al gallego
Díaz Pelàez
Enrique Silva, galerista

Enrique Silva, en la exposición de José Antonio Díaz Pelàez en marzo de 1959 en la galería Roland de Aenlle en New York.
¡Que fàcil es la ausencia!
Jaime Sabines
Ausente estàs.
Fue como un grito en la mañana
de un día quieto y sin testigos.
Ausente estàs de camaradas
con los que discutías tus rigores.
Nos conocimos lejos y en caminos
sin noches y sin días.
Lejos del admirable encanto de las Islas
donde el acoso regía la distancia
y el encuentro de culturas y de pueblos
nos aunaba. Tú, con los palos atareados,
yo con la palabra a cuestas.
Eramos dos cubanos
libres buscando horas marginadas
en las formas de cosas y sustancias.
Sacàndole al misterio sus sombras
y a la luz el alma. Dividiendo la vida
en lo instantàneo del juego sutil
y la melancolía.
O tu mano diestra.
O mi voz quebrada.
Con Roland de Aenlle subimos la escalera del vacío
y encontramos una fecha con destino.
Risa de marinero y ojos errantes,
piel ultrajada a destiempo y andar desesperado.
La calle no escondía el perfil de tu rostro fascinado
por la oculta visión de cuerpo de mujer.
Eras y fuiste hombre en el mayor de los sentidos
… porque obra dejaste y disfrutó tu mano.
Adiós amigo, que la sombra no te oprima la ironía
que aquí la luz te la guardamos.
La Habana, 1988















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