Archivo de la categoría: Fotografía reportajes

Francia, l’hiver, le bonheur de la neige

Nieve en Dammartin en GoeleDammartin-en-Goele sous la neige, photographie Maite DíazRue Saint Ladre, Dammartin-en-Goele, photographie Maite DíazNeige dans les branches, Dammartin-en-Goele, photographie Maite Díaz

Manoir à Dammartin-en-Goele, photographie Maite Díaz © 2010 Maite Díaz

Francia. Un paseo de invierno

Fontaine en Chaalis, ruinas de la abadía del siglo XIII.    ©2009 Maite Díaz

Los últimos días han sido de tormentas polares. Baja el aire del Norte. En París el aeropuerto màs grande de Europa ha estado medio paralizado. Nieve en ràfagas de polvo blanco y fino con temperaturas bajas de -3  y – 4  grados que la convierten, ràpidamente, en un manto espeso. En las carreteras en el campo, donde no pasan las barredoras de nieve, ni las màquinas saladoras, las placas de hielo se cubren de nieve apretada por el paso de los coches, si utilizas el freno de mano el coche patina y en bajada pierdes el control. Yo siempre que veo una barredora de nieve en acción y una saladora, recuerdo la historia  -convertida en leyenda-  de un «dirigente cubano» que importó barredoras de nieve a La Habana en los años 60. Los cubanos, extravagantes y portentosos. Ésta característica nacional no està relacionada, necesariamente, con las filiaciones o fobias ideológicas. La compra, que seguro la realizó en Navidad, sería también obra del despiste caribeño, pero sobre todo, de jugar irresponsablemente con los dineros públicos, algo que también se le ha dado muy bien a la cultura cubana.

Ayer salimos a dar un paseo mientras en el horno se cocinaba un ave pequeña de corral, criada al aire libre, como los toros de lidia. Un relleno de pâté, castañas, uvas pasas y piñones, y, para acompañar, manzanas con canela, miel y ciruelas. Vino blanco, temperatura baja y tiempo, ese gran hacedor. Todo el invierno resumido en el paisaje blanco, silencioso, el sabor recordado de la niñez de las ciruelas pasas, sin hueso, ésta vez; y los recuerdos màs recientes de disfrutar del buen vino y las alianzas serenas de un queso gorgonzola picante y un mascarpone neutro, cremoso, convertidos como en capas  de una lasaña, sobre un pan de cereales e higos calientico.

Las carreteras estàn vacías, los hombres y mujeres del tiempo recomiendan quedarse en casa. En el colegio de Elisa, éstos últimos días, dejaban salir màs temprano a los niños para regresar a  sus casas, porque en el norte, en éstos días de invierno, a las cinco de la tarde ya es de noche. Las carreteras del bosque de Ermenonville estàn todas tapizadas de blanco. Con la nieve abundante el paisaje cambia. La nieve dibuja los caminos y senderos en los bosques desnudos. Pero donde la nieve se muestra majestuosa es en los grandes espacios organizados por la tradición paisajística de la arquitectura francesa, burguesa y aristocrática. Las perspectivas, las líneas de fuga, los senderos y caminos, la organización de los volúmenes constructivos y los árboles aislados o las masas boscosas. Cursos de agua, un molino, la rueda gira, canales que ondulan nerviosamente rompiendo el reflejo de las ramas, espacios donde aún las bajas temperaturas no han logrado petrificar y espolvorear -como si de azúcar fina se tratara- la muerte silenciosa del crudo invierno.

Las ruinas de la abadía del siglo XIII, conservadas en el espacio del jardín, fueron el núcleo original, hoy se han convertido en unas murallas contra el olvido, conservan la estructura, las técnicas constructivas, sus secretos. La imagen de las ruinas es la màs importante, es la portada del parque, museo y jardín. Las ruinas son como un fotograma de un desmoronamiento constante, el instante detenido de la destrucción . Allí siguen en pie, después de haber sufrido el bombardeo del tiempo. Los espacios se han convertido en la estructura, se abren al cielo y nos permiten ver desde una perspectiva diferente  los conjuntos de varias puertas o de una sucesión de éstas. Sus muros abiertos por el corte del derrumbe dejan ver las vísceras, las piedras y las argamasas de restos, una masa irregular y embutida -como en un encofrado de hormigón- que deja vistas al exterior unas piedras lisas, bien cuidadas en el corte y en la disposición. El interior de los muros de la abadía son como unos trozos de turrón de almendras, o como la imagen del corte vertical de un terreno que hubiera estado sometido a una avalancha descontrolada y violenta, como la de un tsunami. Estratos diversos mezclados, una gran masa heteróclita, sedimentada y controlada en el interior. El hombre reproduce y construye como la naturaleza, con la misma violencia.

©2009 Maite Díaz

Montépilloy (1429-2009)

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Haga clic en el enlace para ver el diaporama de la primera parte del reportaje en el Château de Montépilloy
Texto relacionado Montépilloy (1429-2009)

Montépilloy (1429-2009)

Éste verano se cumpliràn 580 años de la llamada Batalla de Montépilloy. En éste pequeño pueblo de Oise, se reunieron el rey Charles VII, Jeanne d’Arc y Étienne de Vignolles. Durante los días 14 y 15 de agosto de 1429 se alojaron en el castillo de Montépilloy.
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Castillo de Montépilloy. Oise, región de la Picardie      ©2009 Maite Díaz

Entre los bosques de Ermenonville y Chantilly, a cuarenta kilómetros al norte de París, en la región de la Picardie, se extiende una amplia llanura regularmente cultivada de trigo, colza, patatas o remolacha. Las parcelas perfectamente dibujadas van cambiando de color al ritmo de las estaciones. Un domingo caluroso de verano, bajamos desde la baja Normandía y antes de llegar a la ciudad de Senlis, atravesamos una carretera nacional y seguimos un pequeño camino que bordeaba unos grandes silos. Éstas torres monumentales son los únicos elementos industriales en el paisaje. La tierra transformada por la agricultura, conserva un paisaje que no ha sido maltratado por la urbanización. El camino se eleva en una pendiente suave. Al llegar a la cima de la colina, la estrecha carretera se convierte en la calle principal de un pequeño pueblo. La vista desde allí muestra toda la hermosura de la grande plaine. Un horizonte y un mar verde. Un gran manto armonizando toda una cuadrícula irregular de verdes de trigo, amarillos de colza y salpicaduras de rojas amapolas. Luego, como batallones de caballería organizados estratégicamente, los macizos boscosos de un verde màs profundo crean las tensiones, los ritmos visuales del paisaje. Desde la gran torre del castillo medieval, Jeanne d’Arc y su bravo compañero Étienne de Vignolles, apodado, la Hire, observarían los movimientos de las tropas del Duque de Bedford que se había desplazado desde París con diez mil hombres.

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Los Campos de Van Gogh

Vincent Van Gogh

(30 de marzo de 1853 – 29 de julio de 1890)

LOS CAMPOS DE VAN GOGH


El 20 de mayo de 1890, Vincent Van Gogh llega a Auvers-sur-Oise, un pequeño pueblo a unos 40 kilómetros al noroeste de Paris, tiene 37 años. Tras una estancia creativa fructífera en Arles, pero de imposible entendimiento con sus gentes, de ruptura con Gauguin, alucinado por «la lumière du Midi», perturbado su equilibrio psíquico, su hermano Theo, decide enviarle a este apacible lugar donde reside el Dr Gachet, coleccionista, amigo de Cezanne, Pissarro y pintor aficionado, con el encargo expreso de velar por la salud de Vincent. Se hospeda en l’auberge Ravoux, situada en la calle principal, frente a la alcaldía de Auvers y a unos metros de la estación de trenes.
De su habitación, una pequeña buhardilla, no se encuentran testimonios gràficos, es imposible fotografiarla, el celo de los conservadores, o quizàs, una cierta vergüenza de comprobar, que el genio errante, -cotizado en millones,- vivió sus últimos dos meses, su agonía de dos días tras el suicidio, màs en una celda que en una habitación. El espacio es sobrecogedor, sin ventanas, sólo una pequeñísima abertura, ventila, ilumina -si pudièramos utilizar éstos verbos- el espacio gris y angosto que se conserva tal y como lo dejó en vida el pintor. La guía nos cuenta que a su muerte, por los prejuicios, atavismos religiosos y costumbristas de la época, la habitación donde murió Van Gogh resultó imposible de alquilar por ser la de un suicida y permaneció cerrada hasta que se convirtió en el Musée Van Gogh; hoy existe un selecto club para admiradores, muchos japoneses, que al entrar en la cofradía, poseen una llave, (à l’ancienne), para acceder al «recinto sagrado», abriendo la verja de hierro.
Auvers-sur-Oise se llevanta al borde del río Oise, es un pueblo florido, húmedo y verde. Su trazado monta la pendiente desde la orilla hasta las llanuras planas, extensas, amarillas, que desde siempre han sido sembradas de trigo, colza o remolacha. Las fachadas de las casas son de piedra calcàrea màs burguesas o paysannes, todas con el encanto y la calidez de un material que envejece noblemente, que permite adherirse a la hiedras y enredaderas, absorber la reverberante luz del verano y devolvernos la tranquilidad de unas sombras que se dibujan misteriosamente. Los jardines, las flores, los verdes y rojizos de los arbustos, el cuidado de los espacios exteriores, las ventanas de cristal y sus contraventanas de persianas, pintadas de luminosos colores crean el ritmo del recorrido en las fachadas y en la soledad de sus calles.
Su llegada a éste, -su último puerto,- està cargada de frustraciones amorosas, internamientos en hospitales, diagnósticos, visitas médicas, de irritación contra el mercado del arte, de una búsqueda de la luz; su viaje desde su Holanda natal hasta el sur de Francia es el de la errancia, la inconformidad y la búsqueda de la libertad.Van Gogh escribe a Theo: «En mi trabajo arriesgo mi vida y, mi razón, a medias, se ha ensombrecido». Van Gogh pinta al ritmo de un cuadro diario, como un monje, cada mañana sale de su oscura habitación con su caballete, bastidor montado, caja de colores y pinceles, aceite de linaza, trementina, las emanaciones de las pinturas a base de plomo, así como l’absinthe,* con la que cada día, (junto a fàrmacos suministrados por el Dr Gachet), ensaya la búsqueda de sosiego, de una paz espiritual en su trabajo febril.
Con su pintura y sus cartas, Van Gogh nos ha dejado la crónica urgente y alucinada de un hombre testigo de los conflictos de su tiempo. Su obra es sobrecogedora, angustiada, pero a la vez dinàmica y luminosa.
Un mediodía caluroso de julio, el 27 exactamente del mismo año, en medio de un trigal, solo, se suicida de un tiro en medio del pecho, éste es su último acto en ésta encendida y amarilla llanura, frente al cementerio, donde hoy descansan sus restos y los de su hermano Theo.

Maite Díaz.

Texto y fotoreportaje.
Julio 2008.

*absinthe: se pronuncia (absanta)
Bebida prohibida en Francia por contener la misma substancia psicotrópica que el cannabis, provocando alucinaciones. Fue fabricada clandestinamente y vendida durante mucho tiempo. La absinthe que se encuentra hoy en las boutiques de licores en Francia es una fórmula modificada, la verdadera sin modificaciones en su composición es legal y se vende en Suiza.

Van Gogh en Auvers-sur-Oise
Pinche para visualizar en flickr las imágenes recorriendo las calles de Auvers-sur-Oise.

© 2008, Maite Diaz

© 2008. Fotografías Maite Díaz