Fragmentos – Diarios

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José Antonio Díaz Pelàez (1924-1988)

Julio 10, 2009 · 1 comentario

Homenaje de sus amigos escritores al escultor  José Antonio Díaz Pelàez en La Gaceta de Cuba en junio de 1989
relampago
Relámpago. 1986. Colección Museo de Bellas Artes de La Habana.

… homenaje

Georgina Herrera

… Y sin propósito establecido, a esa hora en que la soledad en una capilla es lógica y devastadora, coincidimos todos los que llegamos a él por los muchos ángulos del cariño entrañable: las hijas y casi en pleno los integrantes de “la chapuza”, esa asociación mínima y selecta en la que el pretexto para su acceso era, casi siempre, un delirante partido de ajedrez, que a no ser por la presencia de torres, alfiles, damas, peones y reyes se acercaba màs a nuestro cubanísimo dominó.
Bajo el asiento de Rosendo han puesto la botella de la que todos bebemos de vez en cuando. De pronto, Tato canta bajito y Domingo dice que lo està despidiendo como amigo.
Va a amanecer. Voy hacia él por última vez y no le concibo la quieta indiferencia con que mantiene los ojos cerrados. Pero, miràndolo a través de ese color impreciso que pone el llanto, imagino que espera su momento de sonreír, de responder a quien lo llame por su nombre o por su apodo, que beberà un trago y moverà tercamente, para perderlo en medio del estruendo que no se repite y no se olvida, el rey de su juego.

La Habana, 1989

Georgina Herrera, escritora, reside en La Habana

El mejor del silencio

Mario Martínez Sobrino

JoseantonioHay una vida que une

A buscadores espiando la aventura

Bebiendo en sus vísperas

Hay una ciudad que une y separa vidas

José Antonio

¿Dónde nos encontramos?

Te buscaremos

Te buscaré

En la ciudad adonde fuimos

Entre humos y algo de luz

Nicolàs Reinoso busca otra vez el acorde

De una frase

Que el saxo no puede encontrar

Noche de gritos

Los bebedores esperan

La frase que no vas a decir

Pero en la locura de este jazz

Andan tus estatuas

Se encienden las luces

Los bebedores salen recordando

El acorde sin acabarse que los acompañó

A ti José Antonio

A ti que nos despides

Sin poder terminar la frase

Y frase eres

Por eso

A ti José Antonio

El mejor del silencio

El primero de los bebedores

Que nos deja en la sed

Del agua que nos lleva

Nos dejas

Pero nos dejas saber màs de la piedra

Dejando su fuerza hacerse en tus manos

Màs de nosotros

Menos de ti

Y más preguntas

Entre esos espacios de las piedras

Hablando sobre piedra de nosotros

De la Isla

De figuras que quisieron las palmas

Nos dejas

Buscador que nos encuentras

Cuando pareces escuchar miras

El horror y la belleza que faltan

Por decir en sustancias

De los ojos y mundos

La familia y la soledad del espacio

En hierro y segmentos de aire

Armados en tu acorde

A golpes de tu amor y de tu furia

Haciéndolos nuestros

Manos de la sangre

De lo que somos o queremos

Nos buscas

Nos buscas

Desde todos esos monumentos

Donde también te imaginamos

Con tus bigotes de encinas y pinos

Riendo

Ceceando inocencias y astucias

Que sabíamos Pelàez

Los que en balde esperamos tu acorde

En el saxo una noche de gritos

Sobre la piel de La Habana

Encuentras

Encontraràs

Seguiràs encontrando

Otras manos que querràn palpar

Las maderas los pedazos de profundidades

De la tierra que añadiste

En el siempre que queremos

Otros ojos

Que no sabràn como eras

Ni como eran tus ojos arrugados

Ni tus cuentos tu amistad tu risa

Ni como maldecías ni como te ocultabas

Mirando

Pero tendràn

Lo que fuiste por hacer

De la Isla en el mundo

(Este es el llanto de tus bebedores

Gallego

En nuestra Habana Inmortal)

La Habana, 1988

Mario Martínez Sobrino, escritor, reside en La Habana

La puerta entreabierta


Teodoro Espinosa

En la sala de la casa donde vivo conversan mi padre y mi madre, que ya estàn muertos. Las dos últimas palabras son provisionales; el tiempo abrirà la posibilidad de escribir “estamos muertos”, pero entonces el que escribe en primera persona no podrà hacerlo ni le interesarà. (Es lo màs probable). Son las ocho y media de la noche en el tiempo màgico de ésta ficción literaria. La puerta està entreabierta y voy a salir. Mis padres, siguiendo un viejo ritual preguntan a dónde voy. Les respondo que a conversar un rato a casa del Gallego.

Camino por la calle veintitrés y doblo a la derecha en dieciséis. La puerta del amigo està entreabierta al final  del amplio pasillo que es màs bien una calle que termina en su casa. Me detengo en el umbral. José Antonio, sentado en una silla, hojea un libro. Lo saludo y enseguida hace un gesto para que entre. Uno de los dos dice un chiste ocasional y nos reímos. Hay una tetera sobre la mesa y ya estoy convidado a un té. Hablamos sobre la maqueta que ocupa casi una cuarta parte de la estancia. Fue hecha por él mismo en su avatar de miniaturista asiàtico; dentro de unos meses la maqueta se tranfiguraría en un conjunto monumental. El hecho es que el artista es uno y es múltiple y ello pertenece a una dimensión misteriosa. En los estantes hay varias de sus esculturas de madera que aluden en planos de cubos salientes a  los pilares del acueducto de Segovia o a los sillares precolombinos del Perú. Y también hay pequeñas esculturas de cartón que parten de otras formas que el artista recrea en un Génesis propio.

Mientras tomo el té examino el libro que José Antonio estaba leyendo: es sobre el arte etrusco. Miro las làminas. Aparecen las necrópolis subterràneas donde los etruscos reproducían con arquitectura, ceràmica, escultura y pintura el mundo de los vivos. Observo cierta ilustración que muestra una puerta cerrada; la siguiente es de una puerta entreabierta. Los pies de grabado explican que en Etruria algunos artistas creyeron que no hay comunicación entre la vida y la muerte, pero los màs osados entreabrieron las puertas porque sí la hay. Percibo una revelación, una epifanía. La sala donde estoy empieza a tomar la extraña forma que tienen las salas de los sueños. Ya no veo a José Antonio: se ha marchado, no sé cómo ni a dónde. Los objetos se esfuman. Sin embargo, las esculturas del maestro mantienen la evidencia de lo real. No pueden desaparecer en este sueño literario porque tampoco desapareceràn en la muerte. Veo la puerta entreabierta y salgo.


Teo Espinosa, escritor. La Habana 1989

Adiós al gallego

Díaz Pelàez

Enrique Silva, galerista

silvaesculturajoseantonio

Enrique Silva, en la exposición de José Antonio Díaz Pelàez en marzo de 1959 en la galería Roland de Aenlle en New York.

¡Que fàcil es la ausencia!

Jaime Sabines

Ausente estàs.

Fue como un grito en la mañana

de un día quieto y sin testigos.

Ausente estàs de camaradas

con los que discutías tus rigores.

Nos conocimos lejos y en caminos

sin noches y sin días.

Lejos del admirable encanto de las Islas

donde el acoso regía la distancia

y el encuentro de culturas y de pueblos

nos aunaba. Tú, con los palos atareados,

yo con la palabra a cuestas.

Eramos dos cubanos

libres buscando horas marginadas

en las formas de cosas y sustancias.

Sacàndole al misterio sus sombras

y a la luz el alma. Dividiendo la vida

en lo instantàneo del juego sutil

y la melancolía.

O tu mano diestra.

O mi voz quebrada.

Con Roland de Aenlle subimos la escalera del vacío

y encontramos una fecha con destino.

Risa de marinero y ojos errantes,

piel ultrajada a destiempo y andar desesperado.

La calle no escondía el perfil de tu rostro fascinado

por la oculta visión de cuerpo de mujer.

Eras y fuiste hombre en el mayor de los sentidos

… porque obra dejaste y disfrutó tu mano.

Adiós amigo, que la sombra no te oprima la ironía

que aquí la luz te la guardamos.

La Habana, 1988


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“La puerta entreabierta”. Teodoro Espinosa

Junio 14, 2009 · 15 comentarios

 joseantonio
José Antonio Díaz Pelàez en su casa en los años ochenta. Fotografía Gory

La puerta entreabierta *

Por Teodoro Espinosa

En la sala de la casa donde vivo conversan mi padre y mi madre, que ya estàn muertos. Las dos últimas palabras son provisionales; el tiempo abrirà la posibilidad de escribir “estamos muertos”, pero entonces el que escribe en primera persona no podrà hacerlo ni le interesarà. (Es lo màs probable). Son las ocho y media de la noche en el tiempo màgico de ésta ficción literaria. La puerta està entreabierta y voy a salir. Mis padres, siguiendo un viejo ritual preguntan a dónde voy. Les respondo que a conversar un rato a casa del Gallego.

Camino por la calle veintitrés y doblo a la derecha en dieciséis. La puerta del amigo està entreabierta al final  del amplio pasillo que es màs bien una calle que termina en su casa. Me detengo en el umbral. José Antonio, sentado en una silla, hojea un libro. Lo saludo y enseguida hace un gesto para que entre. Uno de los dos dice un chiste ocasional y nos reímos. Hay una tetera sobre la mesa y ya estoy convidado a un té. Hablamos sobre la maqueta que ocupa casi una cuarta parte de la estancia. Fue hecha por él mismo en su avatar de miniaturista asiàtico; dentro de unos meses la maqueta se tranfiguraría en un conjunto monumental. El hecho es que el artista es uno y es múltiple y ello pertenece a una dimensión misteriosa. En los estantes hay varias de sus esculturas de madera que aluden en planos de cubos salientes a  los pilares del acueducto de Segovia o a los sillares precolombinos del Perú. Y también hay pequeñas esculturas de cartón que parten de otras formas que el artista recrea en un Génesis propio.

Mientras tomo el té examino el libro que José Antonio estaba leyendo: es sobre el arte etrusco. Miro las làminas. Aparecen las necrópolis subterràneas donde los etruscos reproducían con arquitectura, ceràmica, escultura y pintura el mundo de los vivos. Observo cierta ilustración que muestra una puerta cerrada; la siguiente es de una puerta entreabierta. Los pies de grabado explican que en Etruria algunos artistas creyeron que no hay comunicación entre la vida y la muerte, pero los màs osados entreabrieron las puertas porque sí la hay. Percibo una revelación, una epifanía. La sala donde estoy empieza a tomar la extraña forma que tienen las salas de los sueños. Ya no veo a José Antonio: se ha marchado, no sé cómo ni a dónde. Los objetos se esfuman. Sin embargo, las esculturas del maestro mantienen la evidencia de lo real. No pueden desaparecer en este sueño literario porque tampoco desapareceràn en la muerte. Veo la puerta entreabierta y salgo.

La Habana, 1989.

*Homenaje en el primer aniversario de la muerte del escultor José Antonio Díaz Pelàez (La Habana 1924-1988). Publicado en junio de 1989, junto a otros textos de sus amigos en la Gaceta de Cuba. Revista de arte y literatura.

Teodoro Espinosa, para sus amigos y familiares Teo, escritor.

Retrato de José Anonio Díaz Peláez  del fotógrafo Rogelio López Marín, el Gory.

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Memorias de mi padre (II)

Octubre 14, 2008 · 8 comentarios


José Antonio Díaz Peláez trabajando en los jardines de la Universidad de La Habana. Fines de los 60

LA IMPUNIDAD

Salimos temprano de casa. Mi padre cuando se enfadaba hablaba poco y caminaba deprisa. Comenzaban los problemas mecànicos, el coche no marchaba bien, como si las máquinas al igual que los hombres fueran entrando lentamente en una huelga de brazos caídos, era el fin de la década de los 60. Un grupo de artistas organizaron unas jornadas de trabajo en los jardines de la Universidad de La Habana, en la colina. La idea era llevar la creación, la realización de una pieza al espacio público, trabajar en contacto con la gente. El arte abstracto a duras penas había logrado sobrevivir, después que los ideólogos del partido comunista, estalinistas, como Edith García Buchaca o Juan Marinello intentaran tratar de imponer los dogmas comunistas del realismo socialista como normas a seguir por los creadores. Se reunían en casa y discutían, Tomàs Oliva que había sido director de artes plásticas y el ideólogo de los artistas plásticos, había decidido abandonar la nave. Antonia Eiriz años después, con su humor y con cariño me decía : – Tomàs nos embarcó a todos. Tomàs Oliva había estado relacionado con las juventudes socialistas, era el que tenía la formación política y la jerga marxista. A principios de los 60 mi padre José Antonio Díaz Peláez, Antonia Eiriz, Manuel Vidal, Tomàs Oliva, Hugo Consuegra, Guido Llinás y otros comenzaron a trabajar en un espacio experimental adjunto al Ministerio de la Construcción que todavía se llamaba Obras Públicas, la experiencia duró poco tiempo, luego los que no se fueron pasaron a dar clases de bellas artes a San Alejandro o a la Escuela Nacional de Arte.
La experiencia de la escuela Bauhaus, las ideas sobre la creación, el arte y la vida, eran conceptos sobre la libertad, la expresión individual que los artistas querían compartir y desarrollar en los planes educacionales. El poder político desconfiaba de ésta generación que había sido formada antes de la revolución y que mantenía sus ideas estéticas que la situaban en el mainstream de la cultura contemporànea occidental que se desarrollaba en New York y en Europa, espacios que habían recorrido en sus viajes de estudio o lugares en los que habían residido, trabajado y expuesto. Era una guerra sorda de sobrevivencia, en paralelo, la represión política, los campos de la UMAP, las recogidas de los hippies y los homosexuales en el parque Villalón en los camiones de la leche, los intelectuales que comenzaban a quedarse como Cabrera Infante, los que se decidían a partir perdían su trabajo como Tomàs Oliva que estuvo tallando mármoles en el cementerio Colón, esperando la visa a España que no llegaba. En medio de éste paisaje, de encuentros clandestinos, prohibiciones de entrada a la UNEAC a los que habían decidido irse, caminábamos atravesando la Plaza de la Catedral, se dirigía a pedir cuentas a Pavón al Palacio del Segundo Cabo donde tenía sus oficinas. Las piezas realizadas en la Universidad habían sido recogidas y enviadas al desguace sin previa consulta con los artistas, sin intervención de la crítica, o de especialistas del Museo, alguna orden poderosa había decidido la suerte de aquellas realizaciones, como cumpliendo un deseo de borrar la experiencia. Llegamos, subimos las escaleras, y pidió ver a Pavón, no tenía cita, nos hicieron esperar. Bajé al patio central del palacete colonial y estuve mirando el pozo profundo que había sido cubierto con una reja, lancé alguna piedra, se oían las gaviotas del puerto, y el cielo era azul, limpio, remonté las escaleras, y vi a mi padre de pie, célebre por sus encabronamientos argumentaba a la secretaria e insistía que quería explicaciones sobre aquella falta de respeto.
Pavón no lo recibió, la impotencia y la impunidad, era la nueva realidad a la que debía acomodarse. Me miró con ternura y me dijo: -venga, nos vamos a navegar. Bajamos y nos fuimos al Muelle de Luz, al embarcadero de la lancha de Casablanca. Quedamos en la proa, subió una pierna y descubrí una cicatriz, me contó que le habían herido durante la guerra. La marca era como un cràter redondo y profundo a un costado de la pierna. Las gaviotas volaban bajas, atracamos y caminamos un rato. En el año 1939, después de una guerra y de un viaje de huída, había tocado tierra, -encontrando refugio- en ésta orilla de la bahía de La Habana.

Maite Díaz

Díaz Peláez, y los escultores Sergio Martínez, Enrique Moret, valenciano veterano de la guerra de España y Tomás Oliva.

De Izq a derecha, Salvador Corratgé, Carmelo González, Díaz Pelàez, Eduardo Abela (hijo), y Sergio Martínez. Detrás Tomás Oliva, Enrique Moret, Rita Longa.

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Memorias de mi padre. (I)

Octubre 7, 2008 · 9 comentarios

José Antonio Díaz Peláez.

MEMORIAS DE MI PADRE.(I)

Herreros y alquimistas

 Llegamos a la orilla de la playa y le pregunté… y todo esto es el mar?, sí, ésta inmensidad es el mar. A los tres años mis padres me propusieron elegir. Ir al círculo infantil, o si prefería quedarme en casa, la elección estaba clara. Entre los tres y los cinco años pasé las horas con mi padre. La educación fue la independencia y la libertad, todo se consultaba aunque luego nuestras elecciones no fueran decisiones. No tuvimos televisión. En casa, mi hermana Lola y yo teníamos una colección increíble de la revista LIFE, unos 10 números temàticos, encuadernados con tapa dura y la imagen cubriendo la portada. Los temas eran las aves, encontrabas en sus pàginas los gràficos dibujados sobre el planisferio de los circuitos màs importantes de las aves migratorias, el mar y la diversidad de la vida, del plancton a las ballenas o los grabados europeos del siglo XVI de grandes pulpos abrazando las embarcaciones, otro era sobre la evolución, Darwin, los genes, los cromosomas y una foto del mar en portada de dos cangrejos saliendo de un acantilado, un monogràfico dedicado a Francia, -la France- en el que aparecía Picasso, seductor, con el torso desnudo, bronceado y con un clavel rojo en la oreja. Mi padre nos decía: -éste, es el santo patrón de ésta casa. Nuestra habitación la tapizaron de mapas por los que viajàbamos y descubríamos el mundo. Así, dibujando líneas con mis dedos descubrí a Marco Polo, Cristóbal Colón, Magallanes. Luego, las ciudades, New York, Montreal, Paris, Madrid, Barcelona, Roma, jugàbamos a las capitales, a saberlas y situarlas en el mapa. Su taller ocupaba las dos grandes habitaciones a la izquierda, a la entrada de la casa y en el patio al fondo estaba la fragua, los balones de oxígeno y acetileno, las varillas de soldar, las caretas, gafas de protección. Me sentaba bajo la higuera a verlo trabajar y le ayudaba moviendo la manivela para avivar las brasas de los carbones encendidos, los hierros enrojecían y crepitaban, luego, a golpes  iba dibujando formas en el aire.

Siguiéndole en la playa, comencé a coleccionar piedras, una piedra en la mano es un abrazo. Jugàbamos en la playa a los detectives y coleccionistas. Buscàbamos tesoros que luego discutíamos, observàndole trabajar comencé a engarzar piedras y me animó a realizar mis primeras esculturas; luego llegaban a casa Tomàs Oliva, Jesus de Armas, Fayad Jamis, y él, sonriente les mostraba la producción. Entrar a su taller era una aventura, un caos creativo. En grandes botes de aceituna, de cristal transparente, guardaba clavos, tuercas, piezas metàlicas. Era un mundo de materias, texturas, colores, olores, herramientas. Había encontrado unas vértebras de vaca y aquellos fragmentos de huesos se extendían sobre la mesa de trabajo. Utilizando pinceles, trozos de madera y tinta china realizó una serie de dibujos inquietantes en los que los fragmentos se transformaban en personajes ocupando el espacio.

En ésta época comenzaron los insectos, muchas piezas fueron destruídas, se conserva La Hormiga en el Museo de Bellas Artes de La Habana. Eran piezas algunas muy abstractas y pop a la vez, eran grandes bichos resueltos con chapas de desguaces de barcos, que utilizaba con sus costuras, remaches y que luego pintaba en tonos complementarios. Los viajes con la revista LIFE y sus magníficas fotografías eran fuente de inspiración para mi padre. Todo el mundo infinitamente pequeño, orgànico, invisible, le fascinaba, decía que la abstracción era realismo invisible a los ojos.

En el patio de casa jugàbamos a poner azúcar, trozos de pan y a desviar los caminos a las hormigas. Sobre La Hormiga cargando la hoja, recuerdo haberle escuchado la reflexión sobre la fuerza, cómo éste pequeño insecto soporta disciplinadamente cargas que triplican su peso y en comparación, es màs fuerte que el hombre.

El mar, la playa, son elementos importantes en su vida y su obra. Él repetía el viejo proverbio: «Obras son amores y no buenas razones» y también decía que sus mejores esculturas eran sus hijas. Su vida la construyeron sus viajes y sus libros. Entre las rocas de Boca de Jaruco, andando con mi madre, encontró una pieza de madera «hexagonal», dos planchas montadas, clavadas, una sobre otra, un emblema, una heràldica, un espejo de palabras. Aquella pieza fue elegida, la guardó antes de marchar a New York y la conservó hasta su muerte. Un fragmento de una nave, una pieza resumen del naufragio, dos planchas clavadas, lavadas por el mar, mostrando las cicatrices del sol sobre la piel.

© 2008, Maite Díaz

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