Un galope apagado

Chapelle Dammartin en Goële
© 2013 maite díaz gonzalez

El fin de semana casi nadie se aventuraba a rodar, la nieve espesa  había borrado las referencias entre la calle y las aceras.  Las hiedras parecen algodoneros con sus cargas de nieve en el reverso de sus hojas. El bosque helado como una colonia  submarina de corales. En el parque, a mediodía se escuchaban las voces de los niños en la nieve, las risas y una luz suave con la caída lenta de los copos. Me desplacé con cuidado, con la calma del cazador. Lejos del sendero, en el suelo blanco aparecían las marcas, como un camino empedrado de herraduras. Detrás, no quisieron venir y se quedaron deslizándose con el trineo, las voces iban bajando poco a poco. En medio de un claro aparece la pequeña capilla. En invierno tiene un aire eslavo. Los techos agudos, los robles y los castaños, la simplicidad. La construcción termina con una cruz delgada -casi imperceptible- y un campanario mudo. La capilla parece una miniatura, hay algo inquietante en sus proporciones, sus techos rústicos de troncos salvajes soportan el techo y el pequeño pórtico de la entrada. En invierno, siempre que llego hasta aquí, pienso que mientras me acerco saldrán pájaros por el vitral roto del pequeño ojo de buey. Los accesos están cerrados y protegidos con una malla para que no aniden los pájaros. Dentro, quedan atornilladas sobre los azulejos del zócalo, las placas de mármol con las frases a los difuntos, los agradecimientos por los milagros que tienen más de cien años. Desde casa escucho los fines de semana a los cazadores, y, a veces, se avisan cuando hay movimientos de animales. Con ésta paz espero encontrarme a un jabalí erizado o a un ciervo elegante, de los que van dejando sobre la nieve esta efímera colección de herraduras. Encuadro la capilla, las líneas cimbreantes de los árboles, sus troncos contrastados, y la red de ramas. En el silencio y la calma de la nieve solo escucho el click de la máquina de fotos, mientras, de espaldas va acercándose un galope apagado, giro la cabeza y veo dos ciervos, uno tras otro, me quedo paralizada  y pasan tan cerca que los puedo tocar, giran en ángulo delante de mí  y cuando se alejan, reacciono y disparo, el último que alcanzo corre como una liebre con el cuello erguido y las orejas alerta. El primero se pierde y regresa, se quedan juntos unos instantes antes de la bajada, luego desaparecen.
Ciervo en Dammartin en Goele

Ciervo en Dammartin en Goële

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2 Respuestas a “Un galope apagado

  1. mycomming bonito Maite. como todo lo que escribes.
    si puedes escríbeme a este correo.
    quisiera hacerte una consulta.
    saludos a la familia.
    Gonzalo

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