Archivo diario: 31 octubre, 2009

Museo del Louvre. Rivalidades en Venecia (II)

Crónica de la exposición “Rivalités à Venise” que reúne las obras de Tiziano, Tintoretto, Veronés y Bassano en el Museo del Louvre

susan
La sala siguiente està dedicada a los reflejos y al resplandor de las superficies. El espacio en penumbras recorta en siluetas sombrías a los visitantes. Los cuadros resplandecen, como las imàgenes de la ciudad reflejada en los cursos de agua. Las brumas son sombras densas en el interior del museo. Paseamos como si estuviéramos por los corredores de un mercado. Las gentes se agolpan, murmuran frente a una obra que se abre como una ventana a un interior càlido de colores luminosos y apagados. Navegamos por los canales sombríos. Los cuadros nos sorprenden cómplices de las escenas de intimidad femenina o de los esplendores brillantes y serenos de las armaduras de los guerreros.
Durante el Renacimiento, los artistas venecianos se plantearon el problema de la representación de la realidad, estableciendo diàlogos de superioridad y méritos entre la pintura y la escultura. La pintura como una superficie en la que el juego se establece en dos dimensiones. Creadora de la ilusión de la representación en tres dimensiones del espacio, gracias a la superioridad del color y la luz. La escultura desde el poder de ocupación real del espacio. El fragmento de realidad mostrando todos sus perfiles en el recorrido de la pieza. El tiempo y el espacio en la representación haciendo de la escultura un fragmento de la realidad. Este debate lleva a los pintores a explorar las posibilidades de la perspectiva y la utilización de la representación de los reflejos en espejos y objetos metàlicos como una forma de completar la imagen, develando la parte escondida de las formas y creando éste juego ilusionista del espacio.
En la sala, aparece la obra de Tintoretto, «Susana y los viejos». Ocupa las miradas de todos. Una joven, -la heroína biblíca- sentada en un jardín se observa en un espejo, mientras introduce una pierna en el agua de un estanque. Dos hombres viejos la espían y la desean. En apariencia cada personaje permanece ensimismado en la contemplación, sin reparar en la presencia de los otros. La escena son unos minutos de calma que no permiten presagiar la violencia de los acontecimientos narrados en el libro de Daniel. Se mantiene el suspenso -casi cinematogràfico- del desenlace de la escena. La dinàmica de los tres personajes, su situación estratégica en el espacio de la composición, involucran al espectador y lo llevan al interior. Oscuros los primeros planos, salvo Susana que se dibuja toda curvas como una nube densa y sensual de carnes doradas. Reflejos, transparencias, miradas y complicidades del espectador sorprendido en la contemplación. Un paisaje al fondo del jardín. El infinito viaja desde el primer plano de la joven mostrando su cuerpo, sus joyas y objetos, mientras el espejo en diagonal crea el espacio oscuro y misterioso, la posibilidad de la fuga. Una luz como gotas, dibuja las mínimas hojas de unos arbolillos como juncos cimbreantes. La obra oculta la imagen reflejada en el espejo, los viejos tampoco pueden disfrutar el reflejo, así, la casta Susana mantiene a todos cautivos. Un instante que dura siglos.
Rivaliza con Susana la «Venus del espejo» de Tiziano, màs pudorosa, sentada en un interior, està acompañada por dos amores inofensivos. Uno sostiene el espejo, el otro juega a coronarla. La Venus se cubre como si la hubiera sorprendido su imagen reflejada en el espejo. Pràcticamente de perfil al espectador, el reflejo nos descubre su rostro oculto. Veronés prefiere los destellos luminosos del metal bruñido y reluciente para representar la masculinidad del guerrero «Saint Menna». La figura de pie, ocupa el espacio de un nicho arquitectónico. Una media bóveda en la que el personaje cubierto de metal, aparece armado con lanza y espada. Una capa roja como una llamarada. Su protección metàlica articulada, lo convierte -por fragmentos- en un gran insecto pulido y brillante. La sensualidad erótica de las mujeres que absorben la luz en sus cuerpos dorados y la dureza metàlica, fría y deslumbrante en la pose del guerrero.

©2009 Maite Díaz

Crónica de la exposición “Rivalités à Venise” (I)

(Continuarà)